En 1817 el rey Fernando I compró una colina en el Vomero y se la regaló a Lucia Migliaccio, duquesa de Floridia, con la que se había casado tras la muerte de la reina: de ella vienen el nombre de la villa y el del parque. La casa se rehízo en estilo neoclásico y el terreno se transformó en un jardín inglés que baja hacia el mar en terrazas, con senderos curvos, encinas, un teatrito al aire libre y un mirador al fondo.
Qué ver
Desde 1927 la villa alberga el museo nacional de la cerámica que lleva el nombre del duque de Martina, un coleccionista napolitano que reunió miles de piezas y las dejó a la ciudad: porcelanas de Capodimonte y de Meissen, mayólicas italianas, vidrios, marfiles y una gran sección de cerámicas chinas y japonesas. Es una colección de gusto decimonónico, hecha por el placer de poseer objetos hermosos, y hay que mirarla sabiéndolo.
El parque, en cambio, es la parte que los napolitanos usan de verdad: se entra gratis, se camina a la sombra, hay niños, perros y gente que corre. Al fondo, más allá del césped, el mirador se asoma al golfo, y desde allí se ven Nápoles abajo, el Vesubio a la izquierda y Capri al fondo, todo a la vez.
La visita
La villa está en el Vomero, a cinco minutos a pie de la estación del funicular de Chiaia; el parque es de entrada libre con horario diurno, el museo tiene entrada y días de cierre, y en los últimos años ha tenido periodos cerrado por obras: conviene comprobarlo antes. Una hora para el museo, otra para el parque.
El consejo de la redacción
Vaya a última hora de la tarde y baje hasta el mirador del fondo del parque: es uno de los tres o cuatro puntos de Nápoles desde los que se ve el golfo entero de una vez, y el único al que se llega caminando por un jardín en lugar de por una calle con tráfico. El museo, si está abierto, se hace antes; la vista se deja para el final.
