Postiglione nació de una huida. En el siglo noveno las familias de Paestum, obligadas a abandonar su ciudad por las incursiones de los sarracenos y de los piratas, buscaron un sitio defendible en los montes Alburni y se detuvieron aquí. El nombre, según la hipótesis más acreditada, conservaría todavía el de la ciudad perdida: Paestum unido al griego elios, el sol, o a elaion, el olivo; o bien sería el latín post más elios, detrás del sol. Hay quien lo hace venir de un tal Postilus, campesino primero esclavo y luego liberto, porque la terminación en ianus era la que los romanos daban a los libertos. Y está la explicación más obvia, la que suele descartarse porque parece demasiado fácil: el postillón, es decir el cochero de la silla de posta. Solo que esa explicación tiene un objeto detrás: en la Duchessa, a lo largo del camino que los romanos habían rehecho en doble capa y que aún se ve, había realmente una estación de posta donde se cambiaban caballos y cochero.
El feudo, que había sido de los príncipes longobardos de Salerno, pasó a los normandos hacia 1060, cuando Roberto Guiscardo venció a Gisulfo, se casó con su hermana y dejó la posesión al cuñado. Luego la historia se llena de conjurados. El feudo llegó por matrimonio a Pandolfo Fasanella, que por respeto a su suegro no quiso tomar el apellido «da Postiglione», como en cambio se usaba; Federico II lo estimaba mucho, pero cuando descubrió que estaba a la cabeza de una conjura de palacio contra él intentó por todos los medios capturarlo, y a Pandolfo no le quedó sino refugiarse junto al papa. Federico asignó entonces el feudo a su propio médico personal, Giovanni da Procida. A la muerte del emperador los exiliados volvieron y fueron repuestos en sus dominios, pero algunos se rebelaron de nuevo: Manfredo hizo encarcelar y ejecutar a casi todos, y Domenico da Postiglione fue llevado a Foggia y ahorcado. El feudo volvió al médico.