Durante una temporada, un teatro privado del corso di Porta Romana le ganó a la Scala. Entre el invierno de 1830 y la primavera siguiente, en el escenario del Carcano se estrenaron dos óperas que quedarían para siempre en el repertorio: la Anna Bolena de Donizetti y, diez semanas después, en 1831, la Sonámbula de Bellini, con Giuditta Pasta cantando las dos. El teatro lo había inaugurado en 1803 Giuseppe Carcano, un particular que decidió construir una sala enorme donde Milán estaba creciendo, y durante un año la apuesta le salió más allá de toda previsión.
Qué ver
El Carcano sigue siendo una de las salas más grandes de la ciudad y trabaja todo el año con teatro, danza y música. El edificio original lo proyectó Luigi Canonica, el arquitecto de los espacios públicos del Milán napoleónico, y nació en una avenida recién arreglada por Piermarini, con el empedrado nuevo y las aceras de granito. En el siglo veinte la sala pasó por de todo, incluidas las décadas en que fue un cine, y lo que se ve hoy es el resultado de las reformas sucesivas.
No es un teatro-museo y no se visita con guía: se entra porque hay función. Pero es uno de los pocos lugares de Milán donde el público de hoy se sienta donde se sentó el que oyó por primera vez el aria de despedida de Amina, y para quien ama la ópera eso no es un detalle menor.
La visita
El teatro está en corso di Porta Romana, a diez minutos a pie del Duomo y dos de la parada de metro Crocetta. La temporada va del otoño a la primavera, con taquilla en el propio teatro y precios contenidos frente a las grandes salas; fuera de las funciones el edificio está cerrado. Una velada.
El consejo de la redacción
Si quiere verlo, el único modo es comprar una entrada, y conviene elegir una obra entre semana: cuesta poco y la sala está menos llena, así se puede mirar con calma antes de que se apaguen las luces. Al salir, camine cien metros por la avenida: las aceras de granito que está pisando son la idea de ciudad que tenían en la cabeza quienes construyeron este teatro.
