Cuando en 1776 un incendio destruyó el teatro ducal de Milán, la ciudad no construyó uno sino dos: la Scala, para las grandes ocasiones, y no lejos la Canobbiana, para el repertorio menos solemne, la ópera cómica y el público que no tenía palco. En la sala menor, el 12 de mayo de 1832, se representó por primera vez el Elixir de amor de Donizetti, y desde aquella noche la romanza del segundo acto entró en todas las casas de Italia.
Qué ver
El teatro que se ve hoy ya no es el del siglo dieciocho: se rehízo a finales del diecinueve con el nombre de Teatro Lirico y otra vez en el veinte, y la sala actual es el resultado de esas reformas, con un patio de butacas ancho, galerías y ninguna de las decoraciones originales. Siguió trabajando todo el siglo pasado con ópera, teatro, conciertos y mítines, luego cerró y estuvo veinte años vacío y en obras.
Reabrió en 2021 con un nombre nuevo, dedicado a Giorgio Gaber, el cantautor y actor milanés que aquí hizo durante años su teatro-canción: uno solo en un escenario vacío, con una guitarra y unos monólogos, ante un público que volvía cada temporada. Hoy la programación alterna música, teatro y espectáculos de palabra, y es una de las salas más grandes de la ciudad.
La visita
El teatro está en via Larga, a cinco minutos a pie del Duomo; no se visita como monumento, se entra con la entrada de una función. La temporada va del otoño a la primavera, con taquilla en el propio teatro y precios muy variables. Una velada.
El consejo de la redacción
Si está en Milán con una tarde libre y la Scala está agotada o resulta demasiado cara, mire la cartelera de aquí: cuesta una fracción y la sala es tan histórica como la otra, solo que menos famosa. Y cuando esté sentado, recuerde que en este sitio se cantó por primera vez una de las arias más conocidas del mundo, ante gente que aún no sabía cómo acababa.
