Agugliano y su aldea de Castel d'Emilio fueron, en la Edad Media, dos de los veinte y pico castillos de Ancona: durante siglos súbditos de la república marinera, y construidos para mantener lejos de la ciudad a quien la quería. Hoy, junto con Camerata Picena, Offagna, Polverigi y Santa Maria Nuova, los llaman la Terra dei Castelli. La primera noticia del lugar está en una bula del papa Alejandro II del veintiséis de diciembre de 1062, donde se cita la Ecclesia Sanctae Mariae de Auguliano; el Castrum Agulliani aparece solo en 1356, en la Descriptio Marchiae del cardenal Albornoz. Desde 1390 Agugliano se rigió por sí mismo, con estatutos propios; cuando en 1532 el papado ocupó la república de Ancona y la independencia anconitana terminó, Agugliano se convirtió en municipio autónomo, oficializado con estatutos homologados en 1565 por Carlos Borromeo, entonces gobernador de Ancona. El nueve de enero de 1847 nació aquí Antonio Vico, que llegaría a ser cardenal, delegado apostólico en Colombia y nuncio en Bélgica y en España; en 1926 hizo reformar la iglesia de Santa Maria a Nazareth, demoliendo la espadaña y construyendo el campanario que hay ahora, y su monumento funerario está en la iglesia del Santissimo Sacramento.
Pero lo que aquí se ha escrito con más cuidado es cómo muere un dialecto. El habla antigua de Agugliano mezclaba rasgos de Jesi y de Osimo, porque el pueblo está más o menos a medio camino entre las dos; luego Ancona, el italiano estándar y lo que la descripción llama el romanesco televisivo la han empañado y en parte borrado, tanto que entre el habla de los de setenta y ochenta años, la de los de mediana edad y la de los jóvenes hay ya una fractura. Y dentro del municipio hay más de un dialecto: el casco histórico — Piazza, la Mura, Pradellu, Castellaro — habla de forma algo distinta del Borgu Ruffini, que es la primera periferia; el Molino y la Chiusa son distintos todavía, con Jesi y Chiaravalle dentro; en Castel d'Emilio, en el límite con Camerata Picena, hay ciertas «n» velares. Los cambios se oyen palabra por palabra: monno y quanno vuelven a ser mondo y quando, cantado vuelve a cantato, piòe se hace piove, y éa se italianizó primero en avéa y después en aveva. Lo que aguanta, porque también lo dice Ancona, es la g de pogo y garbo, y el sonido de scerèsgi para las cerezas.