En 1861 la apertura del ferrocarril adriático cambió para siempre Falconara: de un pueblo apiñado en torno al castillo medieval de la colina, el núcleo bajó hacia la playa de arena, que mientras tanto se preparaba para el turismo de sol y playa, hasta fundirse con Ancona en una sola conurbación. Sobre el nombre, las leyendas se multiplican: unos lo relacionan con la caza con halcón, otros con el escudo de los Cortesi con un halcón coronado, y otros cuentan que tres hermanos, soldados de origen alemán llegados a Italia siguiendo al general bizantino Belisario, se repartieron el territorio, y el más joven, que se llamaba precisamente Falcone, mandó construir el castillo que llevaría su nombre. En 1225 los Cortesi pidieron protección a Ancona y le anexaron sus castillos, entrando en la nobleza de la ciudad: desde entonces Falconara fue, de hecho, un puesto avanzado de Ancona.
El cercano castillo de Barcaglione pagó caro una traición: en 1375 un capitán a sueldo de Florencia lo ocupó sin resistencia, y Ancona, para castigar la rendición sin lucha, lo hizo derribar, reutilizando los ladrillos para reforzar sus propias murallas y las de Falconara. Hoy el municipio vive de la industria y del aeropuerto: la refinería API, principal motor económico, ha sufrido dos accidentes mortales, en 1999 y en 2004, que mantuvieron a la población en alerta durante años; el aeropuerto Raffaello Sanzio de Castelferretti sigue siendo el único aeropuerto internacional de las Marcas. El museo de la Resistencia conserva todavía el arsenal de una banda de partisanos activa en los Apeninos.