En Camerano dicen que hay más debajo que encima. Bajo el casco antiguo, excavada en la arenisca, hay una ciudad subterránea: galerías que siguen como un laberinto y que durante mucho tiempo se tomaron por viejas canteras de arenisca o bodegas para el vino. Luego las exploraciones encontraron, en casi todas las estancias, que aquello no son bodegas: bóvedas de cúpula, de vela y de cañón, salas circulares, columnas, frisos, motivos ornamentales y símbolos religiosos, es decir arquitectura, y hecha con gusto. Quién las excavó y cuándo no se sabe, porque documentos no hay y queda solo la tradición oral, que dice que las cuevas son tan antiguas como antiguo es el pueblo. Durante la segunda guerra mundial bajó allí la población, a resguardarse de los bombardeos.
Arriba, el pueblo es tan viejo como las cuevas pretenden ser: en el paraje de San Giovanni han salido a la luz más de cien tumbas picenas, bastantes para hacer de él uno de los primeros centros habitados picenos de las Marcas. Luego el nombre aparece en los privilegios pontificios de 1177 y de 1183 como Castro Camurani, en 1198 Camerano figura por primera vez como municipio independiente, dentro de la liga que se oponía al enviado de Enrique VI, y en 1212 tenía dos cónsules con nombre y apellido, Bernardo Ionathe y Stefano Marchi: un breve período de comuna libre, antes de caer bajo Ancona y volverse uno de sus veinte castillos, encargado de defender el Conero junto con Varano, Poggio, Massignano y Sirolo. En 1625 nació aquí Carlo Maratti, figura central de la pintura romana del siglo diecisiete. En los años sesenta el pueblo se volvió un centro industrial empezando por los instrumentos musicales; y en sus colinas se hace el Rosso Conero.