El seto sigue ahí, y en él está todo: el que «excluye de la mirada tanta parte del último horizonte». Giacomo Leopardi tenía poco más de veinte años cuando, en esta colina a unos pasos de su casa, escribió entre 1818 y 1819 los quince endecasílabos sueltos de L'infinito. El texto apareció por primera vez en diciembre de 1825 en el Nuovo Ricoglitore de Milán y al año siguiente en los Versi, junto a los demás idilios. La colina se llama en realidad Monte Tabor, como el monte de Galilea de la Transfiguración, y el autógrafo está hoy en la Biblioteca Nacional de Nápoles.
Qué ver
El lugar es un prado en pendiente sobre Recanati, con olivos, un paseo de grava y el muro con la placa del primer verso: «Sempre caro mi fu quest'ermo colle», siempre me fue querida esta colina solitaria. En los días claros se recortan los montes Sibilinos, nevados buena parte del invierno, y por debajo el campo de las Marcas baja hacia el mar. Es el mismo horizonte que el poeta subía a mirar también de noche, por la luna graciosa de su otro idilio, Alla luna.
El jardín es el antiguo huerto de las monjas del monasterio de Santo Stefano. Desde 2017 lo gestiona el FAI junto con el ayuntamiento de Recanati, el Centro Nazionale di Studi Leopardiani y el Centro Mondiale della Poesia, y lo ha restaurado según el proyecto del paisajista Paolo Pejrone. El 26 de septiembre de 2019 se inauguró el recorrido multimedia en las salas contiguas: cinco actos con las voces de Lella Costa y Massimo Popolizio, y una cabina donde uno graba su propia lectura del poema. Al lado están el Palazzo Leopardi, la casa familiar con la biblioteca del padre, y la sede del Centro Nazionale di Studi Leopardiani, creado en 1937 e instalado desde 1940 en el edificio de Guglielmo De Angelis d'Ossat.
La visita
Se sube a pie desde el centro de Recanati: desde la plaza del Sabato del Villaggio se toma la via Monte Tabor y en cinco minutos se está en la entrada. El huerto es un bien del FAI, con entrada que puede comprarse en línea y gratuita para los socios; entre el jardín, las salas multimedia y una parada en el muro bastan tres cuartos de hora, una hora si se escuchan los cinco actos. El parque del Monte Tabor que lo rodea sigue siendo público y abierto. Conviene contar también con la casa natal de Leopardi, que tiene entrada y billete propios, y dejar la colina para el final.
El consejo de la redacción
No vengan por las vistas: el sentido del sitio es que la vista está cortada, y el poema nace justo de ahí, de lo que el seto no deja ver. Nuestro consejo es llegar en la última hora de luz, cuando los grupos ya se han ido, ponerse de espaldas al muro de la placa y leer los quince versos a media voz, mirando el seto. Lleva un minuto y cambia el día.






