El castillo está en lo alto del monte Pezzulano, a 467 metros, justo encima del casco histórico: se sube desde la piazza Conte Rosso por un sendero corto. Es uno de los más antiguos del Piamonte, porque la tradición lo hace construir en 924 por Arduino el Glabro, marqués de Turín, y durante siglos fue el último baluarte antes de Turín para quien llegaba de Francia. Una crónica escrita a mediados del siglo once cuenta que el marqués Arduino V residía aquí de forma estable.
Qué ver
Hoy quedan las ruinas, y conviene saber por qué contaban. El castillo fue una de las sedes preferidas de los condes de Saboya: aquí nació Humberto III, hijo de Amadeo III, en 1136, y aquí nació Amadeo VII, el Conde Rojo, en 1360; aquí también estuvo preso Felipe II de Saboya-Acaya, que acabó ahogado en el lago al pie de la colina, y aquí nació Bona de Saboya, futura esposa de Galeazzo Maria Sforza. Federico Barbarroja lo destruyó junto con las aldeas de Ferronia y Pagliarino, y Tomás I de Saboya lo reconstruyó. Después del siglo quince, pasado el esplendor de la corte, quedó como fortaleza de valle: la última reconstrucción es de Amedeo di Castellamonte, y en mayo de 1691 las tropas francesas del mariscal Catinat lo volaron con minas. No se levantó más, porque la defensa del valle se había desplazado entretanto a los nuevos fuertes saboyanos.
La visita
El sendero desde el centro es corto pero cuesta arriba, y pide calzado cómodo. Lo que se va a buscar no es la arquitectura, reducida a muros y basamentos, sino el punto de vista: desde allí se ven el Lago Grande, la colina morrénica de Rivoli y, en la cresta de enfrente, la Sacra di San Michele. Es la misma mirada que tenían los castellanos cuando vigilaban la entrada del valle.
El consejo de la redacción
Subir hacia el atardecer, cuando la luz coge los lagos de lado. Y tener presente que alrededor de estas ruinas gira una buena colección de leyendas: el arcón con las pagas de los oficiales franceses enterrado en el bosquecillo a la derecha de la entrada, el peñasco con una flecha que indicaría dónde buscarlo, y el espectro de Felipe II que sobrevolaría el agua.
