En 1978, cuando el palacio pasó a la administración de patrimonio, era una ruina: de 1851 a 1943 había servido de cuartel y de escuela de caballería, y cuando el ejército se marchó, el vandalismo y el abandono hicieron el resto. Hizo falta Federico Zeri, en un programa de televisión, para enseñar a los italianos en qué estado había quedado la residencia de caza que Carlos Manuel II mandó empezar en 1659 con planos de Amedeo di Castellamonte. El nombre viene del latín Venatio Regia, «caza real»: el duque quería una base para batir los bosques llenos de caza al norte de Turín. Desde 1997 el conjunto forma parte del sitio UNESCO de las residencias de Saboya.
Qué ver
La pieza mayor es la Galleria Grande, el ala que Filippo Juvarra terminó a partir de 1716, después de que Michelangelo Garove muriera dejándola a medias: una sucesión de ventanales y estucos blancos en la que los mármoles sostienen todo el juego de la luz. Al lado está la capilla de Sant'Uberto, también de Juvarra, dedicada al patrón de los cazadores. El núcleo del siglo XVII es la Reggia di Diana de Castellamonte, el cuerpo central destinado al duque y a la corte, levantado piso tras piso hasta el mirador. De Juvarra son además la citronera y la Caballeriza Grande; a mediados del siglo XVIII, Benedetto Alfieri derribó la torre del Reloj para rehacerla en el mismo sitio y añadió el ala del Belvedere.
Fuera hay 800.000 metros cuadrados de jardines y bosque, rediseñados a la francesa por Garove siguiendo el modelo de Versalles: la Allea Reale, el Jardín Inglés, la fuente de Hércules. El templo de Diana se demolió por partes a principios del siglo XVIII y Juvarra puso un laberinto en su lugar. El conjunto no termina en la verja: el palacio nació junto a su pueblo, trazado con una planta circular que imitaba el collar de la Orden de la Santísima Anunciación, e incluye el parque de la Mandria con su castillo. En 2019 el jardín fue elegido el parque público más bello de Italia.
La visita
Venaria Reale queda al norte de Turín: desde el centro se llega en media hora escasa en autobús o en tren, y la estación está cerca de la entrada. Las entradas son modulares entre palacio, jardines, exposiciones y parque de la Mandria, así que conviene decidir antes cuánto se quiere andar: solo la enfilada de salas pide dos horas largas y los jardines otras tantas. La restauración que lo hizo posible duró ocho años, de 1999 a 2007, y costó más de 300 millones de euros: la mayor obra de su clase abierta nunca en Europa sobre un monumento. El palacio reabrió al público el 13 de octubre de 2007 y en 2018 registró 1.048.834 visitantes.
El consejo de la redacción
Nosotros entramos a primera hora de la tarde y dejamos la Galleria Grande para el final: cuando el sol gira al oeste, la luz entra de lado por los ventanales y los estucos blancos dejan de ser blancos. Después se sale a los jardines y se renuncia a la Mandria, que es otra excursión y pide su propio día. Si viaja con niños, una carrera por la Allea Reale rinde más que cualquier salón.



