En 1730 Francesco Landolina, marqués de Sant'Alfano, se hizo casa en el punto más visible de la nueva Noto: a la izquierda de la catedral, en la plaza que entonces llevaba el nombre de su familia y que hoy llamamos piazza Municipio. Su padre, Giovanni Battista, terrateniente y matemático, fue quien tras el terremoto de 1693 consiguió que la ciudad se reconstruyera diez kilómetros más abajo, y quien fijó la regla: las cotas altas para los nobles, el centro para la iglesia. El hijo se quedó con el centro.
Qué ver
La fachada, atribuida a Vincenzo Sinatra, se divide en tres órdenes horizontales marcados por pilastras cuadrangulares con capiteles corintios; ventanas y balcones llevan arquitrabes rectangulares y arriba corre el escudo de la familia. Es un frente sobrio, casi ya neoclásico, que se alinea con las cornisas de la catedral en lugar de competir con el barroco tallado de la via Nicolaci: aquí la riqueza está en la dirección, no en la labra.
El portón da a un patio que fue de cuadras y almacenes. A la derecha, dos esfinges de mármol flanquean la escalera que sube a la planta noble, donde el salón principal conserva paredes doradas y cuadros de los siglos XVIII y XIX. Entre 1838 y 1844 el palacio alojó tres veces a Fernando II de Borbón y a la reina María Teresa; en la explanada de delante, donde hubo una estatua del rey esculpida por Tito Angelini, hoy está el monumento a los caídos de la Gran Guerra.
La visita
El palacio da a la plaza de la catedral, en el corso Vittorio Emanuele, que es peatonal: se llega a pie, como a todo el casco antiguo, y en poco más de una hora se ve entero. Para el exterior bastan diez minutos, mejor desde las escalinatas de la catedral, el único sitio desde donde la fachada se lee de una vez. El interior no tiene horario fijo: abre para visitas guiadas, exposiciones y jornadas como Le Vie dei Tesori, así que conviene consultarlo antes de subir a la ciudad. En la misma plaza están el palacio Ducezio, también de Sinatra, y el palacio episcopal.
El consejo de la redacción
Volvemos siempre en la última hora de luz: la piedra de Noto se vuelve anaranjada y los tres órdenes de la fachada se separan con las sombras. Nos sentamos enfrente, en los peldaños de la catedral, que es también el lugar desde el que se entiende por qué el palacio está ahí y no en otra parte. Si el portón está abierto, entramos en el patio: las dos esfinges al pie de la escalera son lo que después se recuerda.
