Miguel Ángel compró las casas de via Ghibellina en 1508, de vuelta de Bolonia, y vivió en ellas a temporadas mientras trabajaba en San Lorenzo. La calle lateral se llamaba entonces via dei Marmi Sudici, la calle de los mármoles sucios, por los bloques que se quedaban años sobre el empedrado, ennegrecidos, esperando a que el artista, siempre entre Roma y Florencia, los usara. El palacio que ve hoy, sin embargo, no es suyo: lo construyó desde 1612 su sobrino nieto Miguel Ángel el Joven, con la herencia del tío abuelo y un programa preciso, celebrarlo en cada sala.
Qué ver
En el primer piso están las dos obras por las que merece la pena la entrada: la Virgen de la Escalera, un relieve en mármol de hacia 1491, la obra más antigua que se conoce de Miguel Ángel, y la Batalla de los Centauros, esculpida hacia 1492, cuando tenía diecisiete años y ya dejaba las cosas sin acabar por elección. Al lado, la maqueta de madera para la fachada de San Lorenzo, la que nunca se construyó, y, por rotación, los dibujos del maestro que conserva la fundación.
Luego vienen las cuatro salas monumentales que quiso el Joven: la Galería con los lienzos que cuentan la vida de Miguel Ángel, pintados por los mejores artistas florentinos de principios del siglo diecisiete, entre ellos Artemisia Gentileschi con la Alegoría de la Inclinación, Pietro da Cortona, Francesco Furini y Giovanni da San Giovanni. La biblioteca guarda el archivo familiar, con cartas autógrafas del artista.
La visita
La casa museo está en via Ghibellina, esquina con via Buonarroti, a dos manzanas de Santa Croce; sobre el portal, el busto de Miguel Ángel sacado del retrato de Daniele da Volterra. Las salas son pocas y se visitan con calma en una hora. La propiedad es de la Fundación nacida del ente creado en 1858 por Cosimo Buonarroti, el último descendiente directo, que quiso la casa abierta a todos; la riada de 1966 la dañó gravemente y fue restaurada antes del año siguiente.
El consejo de la redacción
Mire la Batalla de los Centauros de cerca y de lado: los cuerpos salen del bloque a distintas profundidades, y las partes dejadas en bruto no están sin acabar por casualidad. El non finito de Miguel Ángel ya está todo ahí, en un muchacho. Pase luego a la Galería y cuente cuántas veces el sobrino nieto hace pintar al tío como a un santo laico: es un trozo de la historia de la fama, además de la del arte.
