Frederick Stibbert no trabajó un solo día de su vida: había heredado de su abuelo, comandante de la Compañía de las Indias en Bengala, lo bastante para comprar todo lo que le gustaba, y le gustaban las armaduras. Nacido en 1838 de padre inglés y madre florentina, amplió la villa de Montughi con Giuseppe Poggi, la hizo decorar por Gaetano Bianchi y Annibale Gatti en todos los estilos que el siglo permitía, y la llenó durante cuarenta años. A su muerte, en 1906, dejó casa, parque y colecciones a la ciudad: cincuenta y siete salas y decenas de miles de objetos, el museo más decimonónico que nos queda, con las paredes de cuero y los techos pintados.
Qué ver
La sala de la Cabalgata es la imagen del museo: catorce caballeros a caballo con armadura completa, italianos y alemanes del siglo dieciséis, con otros tantos infantes al lado, en cortejo bajo un techo artesonado. Las armas y armaduras son dieciséis mil, de Europa al Imperio otomano, cuya sala tiene las paredes con incrustaciones moriscas, de la India a Japón: la colección japonesa, con más de ochenta armaduras de samurái y cientos de hojas compradas cuando los últimos samuráis lo vendían todo, es la mayor fuera de Japón.
Alrededor, la casa de un coleccionista de su tiempo: cuadros de Botticelli, Crivelli, Beccafumi, Allori y Brueghel el Joven colgados entre las vitrinas, arcones del siglo quince, porcelanas, abanicos, botones, crucifijos toscanos y el traje que Napoleón llevó para coronarse rey de Italia. Fuera, el parque a la inglesa baja por la colina con un laguito, un templete neoegipcio, un patio gótico veneciano remontado como ruina y las estatuas de terracota entre los cipreses.
La visita
El museo está en via Stibbert, en la colina de Montughi al norte del centro, al que se llega en autobús desde la estación en un cuarto de hora; se visita solo con acompañamiento, a horas fijas, en grupos que salen cada hora, y las salas de las armaduras japonesas tienen un recorrido aparte. El parque está abierto todo el día con entrada libre, con el invernadero de limoneros y el café. Cierra los jueves.
El consejo de la redacción
No busque el orden: Stibbert no lo quería, y la visita es una acumulación que hay que aceptar como tal. Deténgase sin embargo en la sala japonesa ante las máscaras de las armaduras, con bigotes y dientes, y pregúntese cómo miraba estas cosas un inglés de Florencia en 1880: es el museo de una mirada, antes que de objetos. Y deje una hora para el parque, que casi nadie hace.
