En agosto de 1873 el David salió de la piazza della Signoria atado a un carro de madera que corría sobre raíles, cruzó el centro de Florencia y llegó a la via Ricasoli: allí permaneció encerrado en su caja durante nueve años, mientras Emilio De Fabris terminaba la Tribuna construida para él. El museo de Miguel Ángel abrió el 22 de julio de 1882. La galería, en cambio, era mucho más antigua: la fundó en 1784 el gran duque Pietro Leopoldo junto a la Academia de Bellas Artes, como colección de modelos que los alumnos debían copiar. Hoy guarda siete esculturas de Miguel Ángel, el mayor número del mundo, y en 2023 registró 2.013.974 visitantes: el segundo museo de Italia.
Qué ver
El camino hacia el David pasa por la galería de los Prisioneros, y es allí donde Miguel Ángel se vuelve legible: cuatro figuras destinadas a la tumba de Julio II, dejadas a medias, con brazos y espaldas saliendo del bloque y las marcas del puntero todavía en la piedra en bruto. En la misma fila están el San Mateo, también sin terminar, y la Piedad de Palestrina, llegada en el siglo XX y atribuida hoy al maestro con muchas dudas. Al fondo, bajo el lucernario, está el David: 5,17 metros con la peana de 108 centímetros, tallado entre 1501 y 1504 en un bloque veteado y quebradizo que Agostino di Duccio y Antonio Rossellino ya habían abandonado. Miguel Ángel tenía veintiséis años.
Fíjense en el brazo izquierdo: se partió en tres pedazos en 1527, durante un motín en la plaza, y se volvió a montar; la copia de mármol que todos fotografían ante el Palazzo Vecchio está allí desde 1910. El resto del museo no es relleno: las tablas toscanas de fondo de oro, con la Anunciación de Lorenzo Monaco y el Cristo de piedad de Giovanni da Milano, el modelo original en yeso a tamaño natural del Rapto de las Sabinas de Giambologna, los yesos de Lorenzo Bartolini y, desde 2001, el museo de instrumentos musicales del conservatorio Cherubini, con piezas de Stradivari, Amati y Bartolomeo Cristofori, el hombre que inventó el piano.
La visita
La entrada está en la via Ricasoli, a medio camino entre el Duomo y la piazza San Marco, y la cola de la acera es la de quienes no han reservado: reservar con hora es lo único que sirve, sobre todo de abril a octubre. El museo cierra los lunes. Es pequeño: una hora, hora y media si uno se detiene ante los fondos de oro y los instrumentos. Las salas ocupan casi todas un solo nivel, y la luz de la Tribuna cae desde arriba, por el lucernario del siglo XIX.
El consejo de la redacción
No corramos hacia el David. Hagamos lo contrario: primero los Prisioneros, despacio, uno a uno, y solo después levantemos la vista hacia el fondo de la galería. El museo está construido sobre ese contraste, entre la materia que resiste y la figura acabada, y quien entra corriendo lo pierde. Recomendamos la primera o la última franja horaria, cuando los grupos están en otra parte, y dar la vuelta a la estatua en lugar de mirarla solo de frente: por detrás se ve la honda que baja por el hombro y, desde la derecha, la mano enorme, desproporcionada a propósito, que aprieta la piedra.










