La via della Vigna Nuova es demasiado estrecha para mirar bien el palacio Rucellai, y esa es la primera broma que Leon Battista Alberti gasta al que pasa: la fachada más estudiada del Renacimiento florentino no se deja abarcar de una sola mirada. El comitente fue Giovanni Rucellai, riquísimo mercader de lana, que compró las casas de los vecinos una a una y luego escribió en su cuaderno la frase que lo explica todo: de ocho casas he hecho una. Alberti dibujó la piel que sujeta las ocho casas; Bernardo Rossellino la construyó, en los años cincuenta y sesenta del siglo quince.
Qué ver
La fachada es la primera casa privada de Europa en la que los tres órdenes clásicos — toscano, jónico, corintio — se superponen en tres pisos como en el Coliseo, pero aplastados en pilastras que casi no sobresalen. El muro está cubierto por una retícula regular de almohadillado fingido, y cada línea horizontal y vertical está medida en relación con las demás: Alberti había escrito en el De re aedificatoria, de 1452, que un edificio debe imponerse por sus proporciones y no por el lujo, y aquí lo demuestra. Él mismo, con falsa modestia, llamó a su trabajo un simple adorno de pared.
Mire el borde derecho, a la altura del último eje de ventanas: la piedra está dejada en dientes, con las trabas listas para los tramos que nunca se levantaron, porque el vecino no vendió. Por el friso corren los emblemas de los Rucellai, la vela hinchada por el viento de la Fortuna y el anillo con el diamante, los mismos que Giovanni hizo poner en la fachada de Santa Maria Novella, que pagó él y que dibujó otra vez Alberti. Enfrente, al otro lado de la placita, está la logia de la familia, levantada para la boda de su hijo Bernardo con Nannina de' Medici.
La visita
El palacio sigue siendo de los Rucellai y se mira desde fuera: los interiores no están abiertos al público, salvo eventos y aperturas extraordinarias. Está a mitad de la via della Vigna Nuova, a cinco minutos de la piazza Santa Maria Novella y otros tantos del Ponte Vecchio; la plaza de delante es ancha lo justo para pararse. Un cuarto de hora, que conviene unir a la fachada de Santa Maria Novella para entender qué tenía en la cabeza el comitente.
El consejo de la redacción
Póngase de espaldas a la logia, en el rincón más lejano de la placita: es el único punto de la calle desde el que se ven los tres órdenes uno encima de otro. Luego acérquese al muro y pase la mano por el almohadillado: es falso, grabado en la piedra lisa con un surco fino. Todo el palacio es una superficie que finge ser una construcción.
