El nombre dice que era un lugar pedregoso, y los Médici lo convirtieron en tres terrazas de jardín sobre Florencia: Cosme I compró la Petraia en 1544 y se la dio a su hijo cardenal, Fernando, que cuando fue gran duque, desde 1588, allanó la colina de Castello alrededor de la torre del siglo catorce e hizo de ella la villa de caza y de familia, mientras la villa de Castello, abajo al final de la avenida, seguía siendo la de representación. Luego vivieron aquí la gran duquesa Cristina de Lorena, don Lorenzo de' Medici, los Lorena y por fin Víctor Manuel II con la Bela Rosin, su esposa morganática, que la amó más que ninguna otra casa. Desde 2013 es patrimonio mundial con las demás villas mediceas.
Qué ver
El patio, antes que nada, que los Saboya cubrieron en 1872 con una estructura de hierro y cristal para hacer un salón de baile: en las paredes, abajo, las historias de Godofredo de Bouillon pintadas por Cosimo Daddi para la Lorena, y encima los Fastos mediceos del Volterrano, pintados al fresco entre 1637 y 1646 para don Lorenzo, una serie de escenas colgadas como estandartes que cuentan la dinastía desde Cosme el Viejo, la obra maestra del barroco florentino en villa. En el primer piso los aposentos saboyanos, amueblados con las piezas que los Saboya se llevaron de los palacios de Lucca, Módena, Piacenza y Mantua tras la Unificación, la capilla pintada por Poccetti, la sala de las acuarelas chinas compradas por Pedro Leopoldo.
En el jardín de levante la Fuente de Fiorenza, con la Venus que se escurre el pelo de Giambologna, traída aquí desde la villa de Castello, con el original de bronce a cubierto; en las terrazas el huerto de árboles enanos y las espalderas de cítricos que Giusto Utens pintó en el luneto de 1599, y todos los lunetos de Utens con las villas mediceas están aquí, en la sala que los reúne desde 2014: el mapa de las casas de la familia visto por un flamenco. Detrás, el parque romántico a la inglesa de los Lorena y la vista de Florencia con la cúpula en el centro.
La visita
La villa está en via della Petraia, en el barrio de Castello, a media hora de autobús del centro con la parada a pocos pasos; museo estatal gratuito, cerrado algunos lunes del mes, con el interior visitable a horas fijas acompañado por el personal y el jardín libre. Con la villa de Castello, a la que se llega por la avenida en diez minutos y que tiene el jardín más famoso, se hace media jornada.
El consejo de la redacción
Entre en el patio y no mire enseguida al Volterrano: mire arriba la cubierta de cristal de los Saboya y piense en Rosa Vercellana, la hija de un tambor mayor que bailaba aquí abajo como una reina sin serlo. Luego salga a la terraza, siéntese en el murete y busque la cúpula: desde aquí la ciudad es exactamente como la veía Fernando cuando decidió que el gran ducado se gobernaba también desde un jardín.
