Desde Porta Romana arranca una avenida recta flanqueada de cipreses que sube la colina y acaba ante una fachada blanca larga y baja: es la villa del Poggio Imperiale, la menos renacentista de las villas mediceas. Se llamaba Poggio Baroncelli hasta que en 1622 la compró María Magdalena de Austria, mujer de Cosme II: siendo de casa imperial, le cambió el nombre. Desde entonces todos los soberanos que han gobernado la Toscana han metido mano, y el resultado es un edificio barroco por dentro y neoclásico por fuera.
Qué ver
Las salas de la planta noble están decoradas con los estucos, las pinturas y el mobiliario acumulados en tres siglos por los grandes duques, por los Lorena y durante un tiempo por la hermana de Napoleón: está el salón de fiestas, la sala de las estatuas y las habitaciones chinas con las lacas y los papeles pintados, que eran el gusto del momento. Fuera, la fachada neoclásica del siglo diecinueve esconde todo lo que hay detrás, y esa es la razón por la que esta villa no se parece a las demás.
La diferencia principal, sin embargo, es otra: desde 1865 aquí dentro hay una escuela. La villa alberga un internado estatal, un antiguo colegio femenino convertido en centro escolar, y en las salas pintadas se dan clases. Es la única villa medicea en la que, al abrir una puerta, uno puede encontrarse con un aula.
La visita
La villa está en lo alto del viale del Poggio Imperiale, a un cuarto de hora a pie cuesta arriba desde Porta Romana; al ser una escuela, solo se visita el domingo por la mañana y fuera de los periodos de vacaciones, con reserva. Una hora. La avenida de cipreses se puede recorrer siempre.
El consejo de la redacción
Suba a pie por la avenida en vez de llegar en coche: los cipreses se plantaron para hacer exactamente lo que hacen, es decir llevar el ojo hasta la fachada, y en diez minutos de subida se entiende cómo querían los grandes duques que se les viera llegar. Después, dentro, mire los pupitres y las pizarras entre los frescos: es lo más insólito de la visita.
