Por fuera parece una villa señorial y es, en cambio, uno de los castillos más antiguos del Valle de Aosta: el siglo XVIII lo convirtió en palacete y borró casi todo lo medieval. Hasta 1970 guardó el archivo de los Challant, una de las familias que hicieron la historia valdostana.
Qué ver
El cuerpo es compacto y rectangular, con dos torres salientes a poniente y, a levante, la torre que aloja la hospedería y la capilla. Allí están los frescos de 1502, encargados por Filiberto di Challant para el bautizo de su hijo Renato; en el arco aparece además la efigie de la Sábana Santa, pintada en 1678 para Giorgio di Challant-Châtillon en recuerdo de la parada de la reliquia camino de Chambéry a Turín. Dentro, la biblioteca que custodiaba el archivo conserva techos de madera y frescos del siglo XV, entre ellos una empalizada trenzada igual a la del patio de Fénis; el comedor está tapizado con escenas napoleónicas. La escalera de doble tramo y el salón de honor con estucos son de 1717, por voluntad de Paolina Solaro di Govone.
La visita
El castillo es privado, habitado unos meses al año, y no se visita. El parque sí: tres hectáreas aterrazadas en el siglo XVIII, dos de ellas abiertas en la buena estación desde 1996, gracias a un acuerdo entre la propietaria y la Región. Los árboles más viejos se deben a Paolina Solaro di Govone, que repuso los talados por los franceses; hoy treinta y tres están declarados monumentales, de nueve especies distintas.
El consejo de la redacción
Se va por el parque, no por el castillo: entrar en verano y mirar el pueblo desde arriba, pasando junto a las cuadras del siglo XIX, levantadas donde estuvo la torre con el torno del puente levadizo.
