Por la Fenêtre de Durand, el paso que lleva a Suiza, cruzaron huyendo dos hombres muy distintos: Juan Calvino, que buscaba refugio, y Luigi Einaudi, que escapaba de la policía nazifascista.
Mucho antes que ellos el collado servía a los salasos para comerciar metales con el Valais, y bajo el pueblo había cobre de verdad: las minas, explotadas industrialmente desde el siglo XVII, vivieron su mejor época a principios del XX, con los hornos americanos de Frissonière y la central hidroeléctrica, y se declararon agotadas hacia 1945. Los burros que llevaban el mineral aún se celebran: desde los años setenta los 158 habitantes hacen la Fëta à l'âno, que acaba con la carrera.
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