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🏛️ Plazas y cascos históricos

Monumento equestre a Bartolomeo Colleoni

📍 Venezia, Véneto · 62/100

Bartolomeo Colleoni, capitán general al servicio de Venecia, dejó a la República su patrimonio con una condición: que se le levantara una estatua en la plaza de San Marcos. Venecia no había concedido nunca un monumento a nadie en su plaza, y no pensaba empezar; cogió el dinero y puso al jinete en el campo Santi Giovanni e Paolo, delante de la Scuola Grande di San Marco. La letra del testamento quedaba respetada, el espíritu no. En 1480 el monumento se encargó a Andrea del Verrocchio, que trabajó años en él y murió en 1488 antes de verlo fundido.

Qué ver

El bronce mide casi cuatro metros sin el pedestal, y es la tercera estatua ecuestre del Renacimiento después del Gattamelata de Donatello en Padua y un monumento de los Este en Ferrara. Pero es la primera en la que el caballo se mueve de verdad: una pata delantera levantada en el vacío, el cuello torcido, el peso echado hacia adelante. El condotiero está de pie sobre los estribos, con el torso girado y el bastón de mando apuntando hacia abajo: no desfila, está mandando.

La fundición la ejecutó tras la muerte de Verrocchio Alessandro Leopardi, que añadió el basamento y puso en él su propia firma. El campo de alrededor es uno de los más hermosos de Venecia, cerrado por la fachada gótica de la basílica de los Santi Giovanni e Paolo, donde están enterrados veinticinco dux, y por el frente de mármol de la Scuola Grande di San Marco, con sus falsas perspectivas en relieve.

La visita

El campo está en Castello, a diez minutos a pie de Rialto y cinco de las Fondamente Nove; la estatua está al aire libre, se mira siempre y gratis. Un cuarto de hora, una hora si se entra también en la basílica, que tiene entrada. El campo es muy vivido: hay un bar, niños que juegan y las barcas del hospital que atracan al lado.

El consejo de la redacción

Dele la vuelta despacio y párese delante y un poco a la izquierda: es el punto desde el que Verrocchio la pensó, y solo desde allí el rostro se lee entero, con la mandíbula apretada y la mirada por encima de sus cabezas. Desde atrás, en cambio, mire la pata levantada: no hay ningún apoyo debajo, y en el siglo quince mantenerla así era un problema de ingeniería antes que de escultura.

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