En la iglesita de Santa Caterina, en la aldea de Borgo, nada más entrar, a la izquierda, hay una rueda de madera. Es el instrumento del martirio de santa Catalina de Alejandría, a quien la iglesia está dedicada: no un cuadro que lo cuenta, el objeto. Sobre el altar mayor hay un retablo del siglo quince que representa a la santa, y en la sacristía un San Carlos Borromeo pintado en el siglo diecisiete por una mano que no conocemos. También el nombre del pueblo es una historia mal resuelta: era una contrada que dependía de Roverchiara y se separó en la época de los municipios, y en los documentos aparece como Moruiolo, Marubio, Morugio, Morugiolo; luego tomó el nombre de un curso de agua que corría por sus confines, la Fossa Sancti Petri. En cuanto a Morubio, o viene de la casa noble de los Rubiani o viene de la morera, que en veronés se llama moraro.
Lo demás es trabajo. En el siglo diecisiete aquí se rotularon tierras arrancadas a las marismas y se encauzó el agua en fosos que iban a otros mayores; se empezó a cultivar arroz, trigo y fruta, pero la pobreza siguió siendo grande y nacieron cofradías de caridad. Los propietarios dedicaron amplios espacios a huertas y frutales, y algunas contrade se llaman todavía Orti y Bel Brolo. En el siglo diecinueve llegaron cultivos nuevos, la remolacha azucarera y el ricino, y en San Pietro y en Bonavicina se levantaron almazaras y fábricas de tabaco. Luego la gente se fue: Brasil, Argentina, Australia, Canadá, Alemania, Francia, Suiza, y desde los años cincuenta familias enteras hacia Milán, Turín, Génova y Verona. Quien se quedó trabaja el mueble de arte y el hierro forjado. La parroquial se empezó en 1789 y se abrió al culto en 1797, reutilizando el altar tardobarroco de la iglesia que estaba allí antes; el campanario, terminado en 1815, mide treinta y ocho metros.