En el territorio de Parabita está la grotta delle Veneri, y el nombre dice lo que allí se encontró: dos estatuillas talladas en hueso — de buey o de caballo — que representan mujeres embarazadas, datadas entre doce y catorce mil años atrás. Son las Venus de Parabita, y son la prueba de que aquí alguien, al final del paleolítico, necesitaba representar el embarazo. Pero el hombre estuvo por estos parajes mucho antes: los sílex hallados en varias cuevas de la zona sitúan la presencia humana hacia los ochenta mil años, cuando en el Salento vivía el hombre de Neandertal. El terreno, por lo demás, es cárstico y está lleno de cavidades, que aquí se llaman vore y que alimentan los cursos de agua subterráneos, porque en superficie no corre ninguno.
El nombre del pueblo viene probablemente del griego para-bata, «cerca de un paso»: el burgo primitivo nació en el collado de las serre salentinas que atravesaba el antiguo camino de Gallipoli a Otranto, y servía para vigilarlo. Durante siglos, sin embargo, se contó que Parabita descendía de una ciudad antigua llamada Bavota, que se habría alzado dos kilómetros más al este. Aquella ciudad nunca existió: el nombre nace del error de un copista que, al transcribir el nombre griego de Vaste, Βαῡστα, confundió una sigma con una ómicron y creó de la nada una Bauota — y Tolomeo, que en su Geografía enumera las ciudades mesapias, no la nombra jamás. Las primeras noticias ciertas son de 1220, cuando Parabita aparece como casale enfeudado al barón de Galatone; las murallas vinieron después, con cuatro puertas, y de una de ellas, la del sur, el nombre se ha perdido.