Villa Ruggiero, en la via Alessandro Rossi 42 de Ercolano, es una de las villas más pequeñas del Miglio d'Oro. La construyó el barón Enrico Petti en la segunda mitad del siglo XVIII; en 1863 la compró la familia Ruggiero, que la conservó hasta 1985, cuando pasó al Ente per le Ville Vesuviane y fue restaurada.
Qué ver
No lejos del corso Resina, la villa se desarrolla en tres niveles en torno a un patio elíptico cerrado hacia el jardín por una profunda exedra. La fachada es de gusto rococó, con un gran portal de piperno y mármol blanco. La fachada trasera, orientada al Vesubio como en la mayoría de las villas del Miglio d'Oro, es más articulada: una amplia serliana sostiene la terraza de la planta noble y crea una galería transversal entre el vestíbulo hexagonal y el patio. Las barandillas abombadas se interrumpen con cuatro pilares almohadillados sobre los que había otros tantos bustos de terracota, robados recientemente; las tres ventanas sobre la terraza tienen cartelas y volutas de estuco, y la central, más alta, está coronada por una hornacina con el busto de terracota de san Jenaro mirando al Vesubio, según la tradición de las villas vesubianas.
Las estancias de la planta noble giran en torno al gran salón de fiestas, pintado al fresco con motivos florales y naturalistas y con recuadros y óvalos de gusto pompeyano. Al patio dan las cuadras laterales, con los elementos de piperno bien conservados. Pasada la verja de hierro forjado se sube al jardín, con un paseo central flanqueado por bancos que termina en una hornacina en el eje del portal de entrada, y a un naranjal, típico de los parques vesubianos del siglo XVIII. En el siglo XIX se añadió un tercer nivel a la disposición original de dos y se prolongó el ala norte.
La visita
La villa alberga oficinas del ayuntamiento de Ercolano, entre ellas la biblioteca municipal «Giovanni Buonajuto». Conviene comprobar los horarios de acceso a la biblioteca, el patio y el jardín.
El consejo de la redacción
Los cuatro bustos robados representaban las estaciones del año y de la vida, quizá con los rostros de los propietarios en figura mítica; en el dorso cóncavo de cada uno, visible desde el patio y el jardín, había esculpidas figuras contra el mal de ojo de la tradición popular, como demonios y murciélagos. En torno a la terraza convivían así lo sagrado, con san Jenaro protegiendo de las erupciones, y la superstición.

