El virrey Fernando Ruiz de Castro, conde de Lemos, y su mujer Catalina de Zúñiga decidieron levantar un palacio nuevo en honor del rey Felipe III de Habsburgo, para alojarlo ante una visita inminente. El rey de España nunca fue a Nápoles. La primera piedra se puso en 1600, en el extremo occidental de la ciudad, adosada a la colina de Pizzofalcone y dominando el puerto: una elección vistosa pero también práctica, porque en caso de ataque aquel puerto habría sido una excelente vía de huida para el rey.
Qué ver
El proyecto se encargó a Domenico Fontana, tenido entonces por el arquitecto más prestigioso del mundo occidental e ingeniero mayor del Reino; era el mismo que en Roma había trabajado para Sixto V, y que a la muerte de aquel papa había caído en desgracia. Nápoles fue su desquite, y se nota: en dos columnas de la fachada hizo grabar su propio nombre, llamándose inventor. La planta es tardorrenacentista, con patio central y logia en el primer piso, pensada como edificio de representación y no como residencia fortificada, con delante una explanada lo bastante ancha para desfiles y concentraciones.
La visita
Lo que se ve no es lo que se había dibujado. En el proyecto de Fontana, hacia el mar, debía haber un cuerpo de fábrica en forma de C: se construyó solo el lado occidental, el brazo oriental no se levantó nunca y la parte central se completó únicamente en 1843. La solución original gustaba tanto que en los grabados de la época el palacio se representaba como estaba proyectado y no como era en realidad, mientras la obra seguía abierta. Del mismo conjunto forman parte los jardines, la Biblioteca nacional y el Teatro di San Carlo.
El consejo de la redacción
La obra avanzó al ritmo de los virreyes. Con el conde de Lemos y su sucesor los trabajos corrieron; luego, con Juan Alonso Pimentel de Herrera, se frenaron, quizá por la falta de dinero tras las guerras y las crisis de España, quizá por una cuestión de honor, dado el escaso interés en rematar una obra empezada por los predecesores. El palacio, en todo caso, los ha sobrevivido a todos: a los virreyes españoles y luego austriacos, a los Borbones, al decenio francés y por fin a los Saboya, hasta que en 1919 Víctor Manuel III lo cedió al patrimonio del Estado. Se construyó para un huésped que no llegó, y ha acabado alojando a todos los demás.
