El nombre de Borutta viene de una cueva: antiguamente el pueblo se llamaba Gruta, y la cueva existe de verdad. Es Sa Rocca Ulari, que se abre justo debajo del monasterio y que en el neolítico reciente fue a la vez vivienda y sepultura, como dicen las hachas, los sílex, la obsidiana y los huesos que allí se han hallado; hoy vive en ella una colonia de murciélagos de cinco especies distintas. Sobre la cueva se alzaba la ciudad de Sorres, sede episcopal y capital de la curatoria del Meilogu: los aragoneses la arrasaron, los supervivientes bajaron a Borutta, que se convirtió en residencia del obispo, y en 1503 la diócesis fue suprimida y unida a la de Sassari.
De la ciudad desaparecida queda la catedral. San Pietro di Sorres, construida entre los siglos doce y trece en ese románico pisano de franjas claras y oscuras que llegó a Cerdeña por mar, es monumento nacional desde 1894, y desde 1950 la iglesia y el monasterio contiguo albergan una comunidad de benedictinos. Pero el mérito del que el pueblo más se enorgullece es reciente: en abril de 1946 Borutta eligió alcaldesa a Ninetta Bartoli, una de las tres primeras mujeres al frente de un municipio italiano, y estuvo en el cargo doce años.
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