Albano no es Alba Longa, por mucho que la tradición lo haya intentado durante siglos: la ciudad madre de los latinos, si estaba en alguna parte, estaba en la orilla oriental del lago, entre Marino, Rocca di Papa y Ariccia. El nombre viene en cambio de los Albana, las fincas de los romanos ricos en estas colinas, y más atrás de la raíz indoeuropea *alb, «altura» — el Mons Albanus, hoy monte Cavo. La leyenda, eso sí, se ha quedado en el escudo: una cerda blanca con sus lechones, el prodigio que Virgilio cuenta a Eneas, y el lema Mater Urbis, madre de Roma. El «Laziale» es de 1872, para no confundirla con los otros tres Albano de Italia.
La ciudad de verdad nace en el 202, cuando Septimio Severo acuarteló aquí la Segunda Legión Pártica, la única de guarnición estable cerca de Roma, dentro de una finca que había sido de Domiciano. Los Castra Albana siguen por todas partes: la Porta Pretoria — tapiada dentro de las casas hasta 1944, cuando una bomba americana la liberó —, el anfiteatro excavado en el peperino, el único de los Castelli Romani, las termas que Caracalla mandó construir justo después de matar a su hermano Geta, para calmar a los soldados, y el Cisternone, la cisterna de cinco naves que tras dieciocho siglos aún funcionaría. Santa Maria della Rotonda es un Panteón a escala reducida. Abajo, el lago Albano hace de playa a los romanos en verano.