Nadie sabe de dónde viene el nombre. Los eruditos de antes lo remontaban a Cayo Mario; otros a un «Marianum», lugar consagrado a María; otros más a la marana, el foso que baja del cerro, o a un señor antiquísimo del que solo queda el nombre. La primera vez que aparece, en una lista papal del siglo cuarto, es una «possessio Marinas»: una propiedad, no un pueblo. Bajo ese pueblo, sin embargo, hay algo raro: el mitreo hallado en los años sesenta cerca de la estación, pintado al fresco en el siglo segundo y magníficamente conservado, guarda una de las solo tres tauroctonías pintadas que existen en Italia. Y cuatro kilómetros y medio de la via Appia, patrimonio de la humanidad, cruzan el municipio.
El castillo ha visto cosas. Giacoma de Settesoli, señora de Marino, protegió a Francisco de Asís desde su primer viaje a Roma, y está enterrada en Asís: por ese vínculo los dos municipios están hermanados. En 1379, en pleno Cisma de Occidente, dos ejércitos mercenarios — uno del papa, otro del antipapa — se enfrentaron aquí, y al señor de Marino lo echó del castillo su propio hijo, que estaba con el otro bando. Después llegaron los Colonna, y se quedaron cuatro siglos: fue Marcantonio Colonna quien mandó las galeras pontificias en Lepanto, en 1571. Aquella victoria se sigue celebrando: desde 1925, en la Sagra dell'Uva — la más antigua de Italia — las fuentes de Marino dan vino. El resto del año lo dan las fraschette, con la porchetta.