El 10 de mayo de 1762, en la hora caliente del mediodía, los vecinos de Barbariga salieron de sus casas al son de la campana mayor y fueron con azadas y palas a destruir los arrozales de la Feroldina. El arroz, cuyo cultivo estaba oficialmente prohibido, se sembraba igualmente en los campos de los nobles Valossi, y en el pueblo se moría: el párroco Gerolamo Dionisi, que llevaba las crónicas, escribió que aquel año murieron más personas que en los ciento treinta años anteriores, y describió las casas donde un enfermo tenía que cuidar de otro, los campos quedados sin cultivar por falta de brazos sanos, los caminos recorridos solo por procesiones. Seis años después, cuando nuevas plantaciones de arroz aparecieron en el Fenil Corno y otra vez en la Feroldina, la gente se levantó una segunda vez.
De aquel cultivo del arroz, practicado hasta el siglo XVIII en una tierra que había sido toda ciénaga y que los monjes de los Santi Cosma e Damiano habían saneado, queda hoy un plato: la Bariloca, arroz, gallina y setas, protegida desde 2004 junto con los casoncelli por la denominación comunal de origen. Quedan también los nombres del agua — Lama, Lamazzi, Cantarane — y el Fienile delle Monache, único recuerdo de aquel monasterio. Y queda un culto que dice cómo era el lugar: san Vito, patrón festejado el 15 de junio, se invocaba antiguamente contra el peligro de las serpientes.