Gallarate debe su fortuna a una ciudad destruida: cuando en 1287 Ottone Visconti arrasó Castelseprio, el pueblo heredó su papel de capital del Seprio, y desde ahí empezó a hacer de centro comercial. El nombre, dicen, viene de los galos, o quizá del insubre call-aria, tierra de grava, que es exactamente aquello sobre lo que se asienta. Ciudad de telares y de brezal, a principios del siglo veinte la llamaban la ciudad de las cien chimeneas, y las fábricas se construyeron sus propios poblados obreros, convertidos luego en barrios.
En 1926, cuando el gobierno creó la provincia de Varese, el distrito de Gallarate — que incluía Busto Arsizio, Legnano, Saronno y Rho — fue repartido, y la ciudad perdió de golpe su peso administrativo. Ha respondido convirtiendo su patrimonio industrial en vocación cultural: el MA*GA, nacido del Premio Gallarate instituido en 1949, es uno de los principales museos de arte moderno y contemporáneo de Lombardía, con miles de obras del siglo veinte italiano. El centro, en torno a la basílica del siglo diecinueve y los palacios modernistas, conserva la elegancia burguesa de la época del algodón. Malpensa está a seis kilómetros: muchos la atraviesan, los más avisados la usan de base, con trenes directos a Milán y los lagos al alcance de una tarde.