El castillo de Tufara no queda a las afueras: ocupa el resalte de toba en mitad del casco antiguo, y quien llega a la plaza lo tiene enfrente, con la iglesia de Santi Pietro e Paolo respondiéndole desde el lado opuesto.
Qué ver
El núcleo original es longobardo, de planta cuadrangular y más bien pequeño, pensado para controlar el territorio. Desde fuera aún se leen los rasgos medievales: torres que interrumpen la cortina, un adarve almenado en lo alto, saeteras en la planta y un gran portón de acceso. La forma irregular, que aquí comparan con una alubia, procede de la ampliación que Decio Crispano ordenó en el siglo dieciséis, cuando la fortaleza dejó de serlo para convertirse en residencia señorial.
La lista de propietarios dice lo que valía la posición. En 1299 Guglielmo di Marzano, señor del castillo bajo los Anjou, se lo asignó a su esposa Isabella di Gesualdo como prenda de la dote, junto con la aldea de Monterotaro en la Capitanata. Extinguidos los Marzano, los condes de Gambatesa tuvieron el feudo hasta 1465; luego pasó al patrimonio real y enseguida a Giovanni della Candida por voluntad de Ferrante I. Vinieron después los Crispano, los Caracciolo, los Carafa — Antonio Carafa pagó por él treinta y un mil ducados — y por último los Pignatelli, que lo conservaron hasta 1806.
La visita
No espere mobiliario ni fastos: en el siglo diecinueve el castillo se abandonó y quedó despojado, y la restauración ha devuelto los muros, no las estancias de los Crispano. Se mira sobre todo desde fuera y desde abajo: el volumen que cierra la plaza y la roca que lo sostiene.
El consejo de la redacción
Suba a la plaza el 17 de enero: cuando la campana grande de la parroquia da el mediodía, arranca al pie de los muros el carnaval de Tufara, con un asno vestido de harapos, las coplas improvisadas llamadas maitunate y la máscara del Diablo, cubierto con siete pieles de cabra cosidas encima.
