Entre los olivos bajo Asís hay una iglesita de piedra con un convento pegado. Aquí, en 1205, un joven de la ciudad que rezaba ante un crucifijo oyó una voz que le decía que reparara su casa: la tomó al pie de la letra y empezó a levantar los muros con sus propias manos. Veinte años después, enfermo y casi ciego, volvió a este mismo sitio y compuso aquí el Cántico de las criaturas. Entre ambas cosas está toda la historia de Francisco.
Qué ver
El convento es diminuto y desnudo, y se visita en veinte minutos: la iglesia, el coro de madera con los asientos gastados, el dormitorio donde murió Clara de Asís tras vivir aquí cuarenta años con sus compañeras, el refectorio con los sitios señalados y la terraza sobre el huerto. No hay oro, no hay mármoles, no hay obras de arte que enumerar: hay un edificio pobre que ha seguido siendo pobre, y ese es justamente el asunto.
El crucifijo que habló a Francisco ya no está aquí: está en la basílica de Santa Clara, en la ciudad, adonde lo llevaron las monjas al trasladarse. En su lugar hay una copia, y la diferencia entre ambas cosas no es tan importante como parece, porque lo que cuenta en San Damiano es el lugar, no el objeto.
La visita
San Damiano está dos kilómetros por debajo de Asís: se llega en veinte minutos a pie bajando desde la Porta Nuova entre los olivos, o en coche con aparcamiento a poca distancia. Entrada libre con donativo, abierto todos los días con cierre a mediodía. Tres cuartos de hora.
El consejo de la redacción
Baje a pie y suba a pie, aunque cueste: el camino entre los olivos es el mismo que hacían ellos, y cuarenta minutos de marcha enseñan más de lo que se entiende dentro. Después, en el convento, párese en el pequeño jardín: allí se escribió el primer gran texto poético en lengua italiana, por un hombre que ya casi no veía.
