Mattinata es uno de los pueblos más jóvenes del Gargano, y se nota en cómo nació: de los pajares. Los pastores de Monte Sant'Angelo bajaban aquí a invernar, donde el clima es más suave, y se construían los pagghiére, chozas bajas de piedra caliza en seco, casi siempre de una sola habitación, con las piedras puestas en círculos horizontales que se estrechan al subir, la misma técnica de los trulli y de los nuraghes. A finales del siglo dieciocho aquellos refugios de temporada se habían vuelto casas, y el pueblo estaba hecho. El casco antiguo, en la parte baja, se llama Junno y es una versión en miniatura del barrio Junno de Monte Sant'Angelo: Mattinata es hija de aquella ciudad, y el dialecto también lo dice. El palacio Mantuano, empezado en 1840 y hoy biblioteca municipal, es el primer edificio de cierto peso; la carretera a Monte Sant'Angelo se terminó solo hacia 1893; y municipio independiente Mattinata lo es solo desde poco después de 1950.
El nombre, en cambio, es lo más antiguo que hay aquí. A un par de kilómetros del centro, en el paraje de Agnuli, en parte bajo el agua, están los restos de Matinum, la ciudad romana que en época griega se llamaba Apeneste. Allí, dice la tradición, murió náufrago Arquitas de Tarento, filósofo, matemático y estratego, y quien lo recuerda es Horacio en una oda famosa: el medidor del mar, de la tierra y de las arenas innumerables, cubierto por «unos pocos puñados de polvo junto a la orilla matina». Encima del pueblo, en el monte Saraceno, hay una necrópolis daunia de unas quinientas tumbas, excavadas entre el siglo octavo y el cuarto antes de Cristo. El terremoto del Gargano de 1893 causó aquí graves daños y cuatro muertos. Hoy Mattinata vive del mar — acantilados blancos, farallones, la bahía de las Zagare — y de una riqueza que no te esperas: en su territorio crecen sesenta y una especies de orquídeas, algunas de ellas solo aquí.