Vico se llamaba solo Vico hasta 1862, y lo llaman el pueblo del amor porque su patrón es san Valentín. Desde cuándo lo es lo dice un documento: cuando en 1678 el arzobispo Orsini describió la iglesia madre, anotó el altar de san Valentín, patrón de Vico desde hacía sesenta años. La tradición hace nacer el pueblo mucho antes, en el 970, por obra del legendario caudillo eslavo Sueripolo que, al servicio de los bizantinos — o de Otón I —, habría echado del Gargano a los piratas sarracenos; los suyos se asentaron junto a una necrópolis de la edad del hierro, en una altura llamada Tabor, y se mezclaron con los habitantes del lugar en un único centro fortificado. El primer documento que atestigua un Castrum Vici, sin embargo, es de 1113, cuando la zona estaba en el ducado normando de Apulia y Calabria, y la fortaleza fue ampliada por Federico II en 1240. En el periodo feudal el pueblo fue de los Caracciolo y de los Spinelli.
El terremoto de 1646 hizo daños graves, sobre todo al convento de los capuchinos, y mató a cuarenta personas. El siglo dieciocho trajo en cambio la Accademia degli Eccitati, el nacimiento de Michelangelo Manicone, el árbol de la libertad y el cementerio monumental de San Pietro extra moenia, uno de los primeros de Europa. El siglo diecinueve vivió de los cítricos: naranjales y limonares cultivados en terrazas sobre el mar, un comercio floreciente hasta mediados del siglo veinte y hoy en declive. Tras la anexión saboyana el territorio fue guarida de bandas de bandoleros, con base en la Foresta Umbra: aquel bosque de hayas y abetos está casi todo aquí, porque Vico es el corazón del parque nacional del Gargano y en pocos kilómetros pasa del nivel del mar a los 782 metros de las alturas. El convento de los dominicos, suprimido en septiembre de 1809 y pasado a medias al Estado, es hoy el ayuntamiento.