Calimera es uno de los nueve municipios de la Grecìa Salentina, y su nombre es un saludo: Kalimèra, buenos días. Hay quien lo lee en cambio como kallá meréa, hermosa comarca, y quien lo remonta al bizantino; pero los de Calimera lo cuentan a su manera. Los fundadores habrían sido los de Martano, que aquí tenían sus villas, y que decían: Pame, pame, ca sìmmeri ene kalì emèra, vamos, vamos, que hoy hace un buen día. Hasta principios del siglo diecisiete la población seguía el rito bizantino, aunque la parroquia dependía de la diócesis latina de Otranto; tras los rigores del concilio de Trento el rito griego declinó deprisa, el último papas griego, Sigismondo de Matteis, fue sustituido por un párroco latino, don Troylo Licci, el templo griego fue derribado y reemplazado por la actual iglesia matriz, y el archivo parroquial ardió. Y sin embargo, hasta hace cincuenta años, al párroco lo seguían llamando papas.
La lengua, en cambio, se perdió en una generación. Durante todo el siglo diecinueve el pueblo era completamente helenófono y vivía del carbón y luego de los boniatos. A principios del siglo veinte abrieron las primeras escuelas públicas, a menudo en casa del maestro, y las primeras familias, al principio solo las nobles, aprendieron el italiano como segunda lengua. Después de la guerra los padres, por miedo a que los hijos no lograran aprender el italiano, dejaron de hablarles en griego y pasaron al dialecto o a un italiano rudimentario; y con la escuela obligatoria, desde los años sesenta, ningún niño ha vuelto a aprender el griko. Lo que ocurre ahora es una vuelta atrás: hay quien lo aprende de mayor, la pasión se vuelve a cantar en griko durante la semana santa, y los grupos musicales conservan en su repertorio las canciones antiguas. En el parque hay un pequeño monumento que guarda una estela funeraria ática, regalada a Calimera por la ciudad de Atenas en 1960: encima está escrito, en griego, que aquí en Calimera tú no eres un extranjero.