En el escudo de Capriati a Volturno, al menos desde el siglo dieciocho, hay un corzo — o un ciervo, según quien mire —, pero con toda probabilidad el nombre nunca tuvo que ver con los animales. La hipótesis más sólida es que Capriata fue la finca de un propietario romano llamado Caprius, con el añadido del sufijo -ata: con el tiempo el recuerdo de aquel señor se perdió, quedó la palabra, y la palabra se parecía demasiado al nombre del animal para que alguien no lo dibujara en el escudo. A la vecina Gallo Matese le pasó lo mismo: su nombre viene del longobardo wald, es decir bosque, y en su escudo hay gallos. El documento más antiguo que nombra el sitio es un commemoratorium escrito entre el 881 y el 901 por fray Sabatino, sacerdote y monje, en el Chronicon del monasterio de San Vincenzo al Volturno: Capriata, escribe, no era un pueblo sino un área dividida por la mitad entre el obispado de Isernia y el monasterio, y su propio abad lo había enviado allí — «¡ay de mí!», anota — y cada año mandaba desde allí al convento cien modios de trigo y cuarenta cerdos.
Hizo falta tiempo para que aquella área se convirtiera en un lugar. Solo en 1059 los documentos dejan de llamarla curtem y la definen castellum quod dicitur Capriata; y en 1065 Montecassino la cedió, añadiéndole trescientos besantes, al duque de Gaeta a cambio de otro castillo. Desde 1413 llegaron los Pandone, que la tuvieron más de un siglo: levantaron la torre, construyeron un palacio condal de estilo catalán y convirtieron la parte alta del pueblo en una residencia fortificada con almacenes, jardín, cuartel y una caballeriza enorme, que todavía se llama Stallone — los Pandone tenían algunos de los mejores caballos de la época, los que están pintados en las salas del castillo de Venafro. Debajo de todo esto queda la centuriación romana del llano hacia el Volturno: aquella división de los campos se reconoce todavía hoy en los lindes de las fincas.