La leyenda quiere que Centola fuera fundada por una centuria de refugiados escapados de la destrucción de Molpa, o por cien de ellos exactamente: la lingüista Carla Marcato considera sin embargo mucho más probable que el nombre venga de una unidad de medida agraria, y el pueblo es de todos modos más antiguo de lo que la leyenda exige. Molpa, en cambio, existió de verdad. Se alzaba en la altura entre el Lambro y el Mingardo, cerca del cabo Palinuro, fundada por colonos griegos de estirpe jonia, y la polis duró apenas una treintena de años: en el 510 antes de Cristo fue misteriosamente abandonada, quizá por una tremenda epidemia. Los romanos la refundaron por razones defensivas, con puestos de observación para avistar las naves cartaginesas, y en el 547 el general bizantino Belisario la destruyó durante la guerra gótica. Los supervivientes se dispersaron por los monasterios de los alrededores y contribuyeron a fundar pueblos que existen todavía.
Centola creció en torno a la abadía de Santa Maria degli Angeli, de la que hoy no queda absolutamente nada: nacida como ermita de monjes basilianos entre 515 y 530, se convirtió en abadía en 750, y como la regla de san Basilio une el trabajo a la oración aquellos monjes montaron escuelas, orfanatos, hospicios, un molino, una almazara, un monte de crédito, vastos olivares y una biblioteca rica en manuscritos: durante siglos fueron toda la infraestructura social del valle. Contra los piratas turco-sarracenos, entre 1550 y 1600, a lo largo de esta costa se levantaron siete torres, y siguen estando todas. En el espolón de Palinuro, por último, se han censado treinta y dos grutas, de superficie y sumergidas: la más famosa es la Grotta Azzurra, que los biólogos estudian desde los años ochenta como un laboratorio en miniatura.