En el territorio de este municipio hay siete castillos, y el primero es el que le da nombre: en 948 Lotario II de Italia autorizó a los canónigos de la catedral de Piacenza a construir fortificaciones en defensa de la parroquia de San Giorgio, tras las incursiones húngaras, y las obras empezaron. Aquel castillo fue destruido dos veces, la segunda en 1242 por las milicias bergamascas y cremonesas al mando del marqués Lancia; luego pasó a los Anguissola y en el seiscientos a los Scotti, y hoy es la sede del ayuntamiento. Los otros seis son Montanaro, Ronco, Rizzolo, Tollara, Viustino y la Rocca. Pero el que vale la pena contar es Tollara, y por una razón al revés: en las crónicas de los combates ocurridos en esta zona casi nunca se le menciona, lo que según los estudiosos atestigua una sustancial ajenidad del fuerte respecto a aquellos acontecimientos. En un valle lleno de castillos destruidos y reconstruidos, hay uno que se distingue porque no le ha pasado nada; hoy está convertido a uso agrícola.
La Rocca se edificó en 1604, quizá según un proyecto de Vignola, y se llamó fortaleza nueva para distinguirla del castillo viejo; en el ochocientos la pintó al fresco el piacentino Giuseppe Badiaschi, y su parque de setenta y cinco mil metros cuadrados tiene un lago, un templete neodórico y un sistema de grutas único en el Piacentino, que no estaba en el proyecto original y que el milanés Ambrogio Rossi añadió en 1840. El castillo de Montanaro, en cambio, ha tenido tres vidas en doscientos años: en 1799 alojó a las tropas austro-rusas del general Suvórov, en época fascista fue sede de la GIL y al final se convirtió en la inclusa provincial. En 1862, tras la unidad de Italia, el municipio añadió a su nombre la especificación «Piacentino». Y hay un último capítulo, reciente: desde 1961 la pedanía de San Damiano es conocida internacionalmente por las apariciones marianas referidas por la campesina Rosa Quattrini, que decía ver a la Virgen cada viernes a mediodía, y que en 1967 refirió que esta había llamado al agua de San Damiano «la más santa del mundo». Aquellas apariciones no están reconocidas como auténticas por la Iglesia católica, y no hay en curso ninguna indagación con vistas a un eventual reconocimiento.