El pueblo aparece en los documentos en 1077, pero su fortuna empieza en 1160, cuando un tal Enotrio Serco levantó en lo alto de la cuesta la residencia fortificada que con los siglos sería un palacio principesco. Lo que lo cambió todo fueron los Giustiniani, mercaderes genoveses, a quienes Clemente VIII cedió Bassano en 1595: en 1605 el feudo fue erigido en marquesado y empezaron las obras — el pabellón de caza llamado «La Rocca», los graneros, la iglesia de San Vincenzo, el puente delle Vaschie — y vinieron a trabajar aquí Francesco Albani, el Domenichino y Antonio Tempesta. En 1644 una bula de Inocencio X hizo del feudo un principado, y empezaron las visitas de papas y príncipes, entre ellos Jacobo Estuardo, pretendiente al trono de Inglaterra; en 1735 los Giustiniani trajeron aquí desde Siena al maestro de mayólica Bartolomeo Terchi. En el monasterio de San Vincenzo, que es obra suya, se conserva la estatua del primer Cristo de la Minerva de Miguel Ángel.
Las otras iglesias, en cambio, las construyeron las historias. La tradición dice que san Graciliano, decapitado en el 313, se apareció en sueños al ermitaño que guardaba su reliquia en Capranica y le ordenó llevar su cabeza a Bassano: el ermitaño partió, y poco antes del pueblo la cabeza rodó entre los matorrales. Allí, en 1546, los de Bassano construyeron la iglesia de San Gratiliano. No lejos está Santa Maria dei Monti, levantada porque la Virgen habría echado a un dragón y a los espíritus que atormentaban a los pastores: la procesión en su honor se hace cada año desde 1479 y no se ha interrumpido nunca. El 5 de mayo de 1312 durmió aquí el emperador Enrique VII, camino de Roma para la coronación. En la Segunda Guerra Mundial el pueblo fue ocupado por los zapadores pontoneros de la Wehrmacht y los partisanos fueron muy activos: entre ellos Mariano Buratti, medalla de oro al valor militar. El nombre, de Bassano di Sutri, pasó a ser Bassano Romano en 1964.