Este sitio solitario, a tres kilómetros del pueblo, cambió de manos seis veces en quinientos años, y cada propietario era una potencia distinta del norte de Italia. Primero una fortaleza bizantina, luego —dicen las fuentes— un monasterio querido por un rey longobardo, luego los benedictinos de Bobbio, luego Pavía, luego el obispo de Génova, y por fin los condes Fieschi.
Qué ver
Un documento de 972 confía el conjunto a los monjes de la abadía de San Colombano de Bobbio, que desde aquí administraron todo el valle Sturla. En el siglo doce pasó al abad de San Pietro in Ciel d'oro de Pavía y luego al obispo de Génova; fueron los Fieschi, ya dueños de Borzone, quienes lograron que en 1184 la iglesia fuera elevada a abadía por el arzobispo genovés.
Al año siguiente se convirtió en encomienda parroquial y lo siguió siendo más de seis siglos; el territorio de Borzonasca dependió de la abadía hasta el siglo dieciséis. En el diecisiete llegaron ventanas nuevas, decoraciones y altares de mármol. Desde principios del siglo veinte el conjunto es monumento nacional, y hoy lo gestiona la parroquia por cuenta de la diócesis de Chiavari.
La visita
La abadía está en el paraje de Borzone, a unos tres kilómetros del centro de Borzonasca, sobre el val Sturla; se llega en coche o a pie, y abre para los oficios y en las jornadas de visita. Una hora.
El consejo de la redacción
Haga los últimos kilómetros a pie. El aislamiento no es un accidente de la geografía, es el proyecto: los monasterios escogían a propósito la distancia del pueblo, y es lo único de una abadía que todavía se puede sentir en el cuerpo exactamente igual que hace mil años. Lo demás ha cambiado, eso no.
