En la terraza que antes ocupaba la batería de cañones crecen dos pinos marítimos: los plantó Montague Yeats Brown, cónsul británico en Génova, con motivo de su boda. Antes de convertirse en jardín colgante, aquel espacio era la plaza de armas de la fortaleza de San Giorgio, el puesto que vigilaba la bocana del puerto. Las excavaciones han devuelto restos de una torre de vigía romana; las primeras noticias seguras del edificio son de 1425, cuando Tomaso Fregoso ocupó el pueblo y su castillo en ruptura abierta con Filippo Maria Visconti, duque de Milán. Cinco años después, Francesco Spinola lo devolvió a Génova, y la República ya no lo soltó.
Qué ver
Entre 1554 y 1557 el ingeniero Giovanni Maria Olgiato, proyectista de confianza de Carlos V, alargó la fortaleza con una plataforma orientada al puerto: hacían falta piezas de artillería, munición y alojamientos para la guarnición frente a las incursiones berberiscas que ya habían golpeado Camogli, Recco y Rapallo. En 1575 el castillo rechazó el asalto de Giovanni Andrea Doria, que había sometido casi todos los demás fuertes de la Riviera de Levante. Un inventario de 1697 enumera dos medios cañones, catorce piezas menores y cincuenta mosquetes, además de arcabuces, alabardas y picas.
La conversión en residencia es obra de Alfredo d'Andrade, llamado por Yeats Brown tras el desarme militar de 1867: torres recrecidas, plaza de armas convertida en jardín, interiores amueblados con piezas recuperadas de los clíperes, en un gusto inglés sobrio. En la capilla, Jocelyn Baber, que compró el castillo con su marido John en 1949, encontró un inventario completo de 1607. Desde 1961 el edificio pertenece al Ayuntamiento de Portofino, que lo mantiene abierto como museo y sede de exposiciones.
La visita
Se sube solo a pie, desde la piazzetta por la salita al Castello: una escalinata entre muros de piedra y jardines privados, un cuarto de hora de cuesta sin tregua. La entrada se paga arriba, las salas acogen muestras temporales, pero el motivo para subir es la terraza, con el puerto debajo y el golfo de Tigullio enfrente. Elizabeth von Arnim ambientó aquí su novela Un abril encantado, publicada en 1922, y Mike Newell rodó allí parte de la adaptación de 1991.
El consejo de la redacción
Subimos en la última hora de apertura, cuando los grupos ya han bajado y la luz entra de lado en el puerto. Después, en vez de volver sobre nuestros pasos, seguimos el sendero hacia el faro: veinte minutos más y el castillo se mira desde fuera, apoyado en la roca como lo veían los barcos que llegaban.
