El nombre es la traducción italiana de Highclere, la casa inglesa de los condes de Carnarvon: la villa se construyó en 1874 por encargo de Henry Herbert, cuarto conde, para su hijo George, un muchacho de salud frágil al que los médicos querían al sol y junto al mar. Aquel hijo llegó a quinto conde y financió la expedición de Howard Carter que en 1922 abrió la tumba de Tutankamón. La casa siguió en manos de los Herbert casi noventa años y fue una pequeña colonia literaria: aquí, en 1937, Evelyn Waugh conoció a Laura Herbert, que sería su segunda mujer.
Qué ver
Desde fuera se lee la silueta de una residencia ecléctica de dos niveles principales: fachadas revestidas de piedra, ventanas amplias, terrazas asomadas al acantilado. Las habitaciones son una treintena y el parque supera los 35.000 metros cuadrados. La sala llamada de la chimenea la amuebló el escenógrafo y arquitecto Lorenzo Mongiardino. En 1961 Auberon Herbert vendió la propiedad a un industrial italiano; poco después pasó a los hermanos Agusta, los de la aviación y las motos, y Corrado la renovó a fondo ensanchando el camino de acceso y añadiendo piscina, helipuerto, gimnasio y zona de juegos.
La villa es conocida también por un suceso. En la noche del 8 de enero de 2001 la condesa Francesca Vacca Agusta, viuda de Corrado, cayó desde el jardín a las rocas de abajo; siguieron años de investigaciones, pleitos hereditarios y abandono. En 2015 la subasta adjudicó el conjunto por más de veinticinco millones de euros al empresario ruso Eduard Khudaynatov, y desde 2022 la propiedad figura entre los bienes congelados por la Unión Europea tras la invasión de Ucrania.
La visita
Altachiara es privada y no se visita: no hay entradas, no hay jardín abierto y la verja permanece cerrada. La mejor forma de verla es desde el agua, en los barcos que unen Portofino con Santa Margherita Ligure y Rapallo: la casa aparece entera sobre la roca, con el parque bajando en terrazas hasta la orilla. Desde tierra los muros de cierre son altos y la carretera de la costa no tiene dónde parar.
El consejo de la redacción
Tomamos el barco, mejor en el trayecto de vuelta hacia Santa Margherita: se sale del puerto con la luz de la tarde sobre la costa y la villa se recorta del verde durante unos diez segundos largos. A pie hay que conformarse con vislumbres, porque los pinos del parque tapan casi todo; conviene saberlo antes de ir a buscarla.
