El 11 de mayo de 1904 la reina Margarita de Saboya se alojó en esta casa, y el cuarto donde durmió no se ha vuelto a tocar: la Camera Umbertina sigue como aquel día. El palacio ocupa lo alto de la colina que separaba el caserío de Pescino del de Corte, donde el dux Giovanni Luca Chiavari tenía un castillo fortificado levantado sobre las ruinas de una construcción romana del siglo III. En 1678, con el castillo ya en ruina, se derribó y se construyó el edificio actual a la manera de Galeazzo Alessi: una villa, escribieron los comitentes, para «alivio del cuerpo y del alma».
Qué ver
En la primera planta el Salone degli Stucchi está iluminado por una gran lámpara de estilo Luis XVI; algo más allá se abre la Camera Umbertina. En los apartamentos del Príncipe y en las salas contiguas hay pinturas, frescos y trampantojos de la escuela genovesa del siglo XVII y del XVIII: Domenico Piola, Giovanni Andrea De Ferrari, Luciano Borzone, Gio Enrico Vaymer. El conjunto acoge además el museo artístico dedicado a Vittorio Giovanni Rossi, escritor y periodista nacido en Santa Margherita, y la colección Bellometti.
Fuera, el parque-jardín a la italiana cuenta los cambios de propiedad mejor que los documentos. Los príncipes Centurione, llegados en 1821 y responsables del segundo nombre, ampliaron el palacio y trajeron plantas exóticas y estatuas neoclásicas de mármol. En 1919 Alfredo Chierichetti añadió palmeras, camelias y magnolias e hizo los senderos en risseu, el guijarro ligur dispuesto en dibujos. En junio de 1998, por la cantidad de especies arbóreas reunidas aquí, el jardín se hermanó con los jardines botánicos Hanbury de Ventimiglia.
La visita
Se sube desde el centro de Santa Margherita en pocos minutos a pie. El recinto es de propiedad municipal desde 1973 y reúne dos residencias históricas, el parque y el museo. Al lado está la parroquial barroca de San Giacomo di Corte, que merece el desvío de dos minutos. El palacio se usa a menudo para exposiciones, congresos y actos culturales, así que conviene comprobar antes qué salas estarán abiertas el día de la visita.
El consejo de la redacción
Pidan que les cuenten el paréntesis hotelero: a finales del siglo XIX la villa funcionó un tiempo como Grand Hotel de Santa Margherita y alojó a los nombres que entonces frecuentaban la Riviera. Sabiéndolo, las proporciones de las salas se miran de otro modo. Salgan luego al parque a la hora en que el sol baja sobre el golfo del Tigullio: desde allí se abarca toda la bahía, y es el momento en que el risseu bajo los pies se lee mejor, con sus guijarros blancos y negros dibujando.
