El Abisso Ancona, la primera sala del recorrido, es tan grande que dentro cabría el Duomo de Milán: 180 metros por 120 en la base, 200 de altura, más de dos millones de metros cúbicos de vacío. Cuando Rolando Silvestri, del grupo espeleológico de las Marcas del CAI de Ancona, encontró la entrada el 25 de septiembre de 1971, un agujero del tamaño de un volante de coche abierto en la ladera norte del monte Valmontagnana a 450 metros, nadie sospechaba esas dimensiones: la profundidad se calculó lanzando una piedra y cronometrando la caída, y la primera cuenta dio más de 125 metros.
Qué ver
El itinerario acondicionado cruza el Abisso Ancona sobre pasarelas colgadas, luego la Sala 200, un pasillo tan largo como dice su nombre, con el Obelisco en el centro, una estalagmita de quince metros, y la Sala delle Candeline, donde miles de estalagmitas cilíndricas pequeñas brotan de un anillo de roca como velas sobre un platillo. Siguen la Sala Bianca, forrada de calcita pura, y la Sala dell'Infinito, llamada así porque los primeros exploradores dieron varias vueltas antes de encontrar la salida.
Los nombres de las concreciones los inventaron los espeleólogos y ahí siguen: la Spada di Damocle, la estalactita más gruesa, 7,40 metros por 150 centímetros de diámetro; la Fetta di pancetta, rosada, y la Fetta di lardo, blanquísima; las Canne d'organo, láminas que suenan al golpearlas; el Castello delle streghe. Todo se formó dentro de una caliza depositada a lo largo de 190 millones de años y vaciada hace cosa de un millón de años, cuando las aguas frías del Sentino se encontraban con los ascensos sulfurosos y multiplicaban su poder de disolución. No entra un rayo de luz natural: la iluminación es artificial, de blanco frío, elegida para no alimentar algas sobre las concreciones.
La visita
Se entra solo acompañado, en grupo, por el túnel artificial excavado según los cálculos del ingeniero Aldo Neroni Mercati, de Fabriano, recordado con una lápida en la boca; las cuevas las gestiona desde 1972 el Consorzio Frasassi y están abiertas al público desde el 1 de septiembre de 1974, con más de doce millones de visitas desde entonces. Se llega a San Vittore di Genga, en la línea de tren Roma-Ancona, y una lanzadera lleva de la taquilla a la entrada. Dentro hay 14 grados constantes y una humedad cercana al 100%: hacen falta chaqueta y zapatos cerrados, porque el camino sube y resbala. La vuelta dura poco más de una hora; con reserva hay también itinerarios espeleológicos con casco y mono.
El consejo de la redacción
Reservamos el primer turno de la mañana, cuando el grupo es pequeño y los guías tienen tiempo para las preguntas, y nos quedamos al final de la fila: desde ahí se oyen mejor el goteo y el silencio. Después, en vez de marcharnos enseguida, subimos a pie por la garganta hasta el Tempietto del Valadier, de 1828, y al santuario de Santa Maria infra Saxa, documentado desde 1029 y metido bajo la roca: media hora de camino y el día cambia de forma. Una historia que contamos siempre: en 1986 el sociólogo Maurizio Montalbini pasó 210 días aquí abajo en un experimento sobre ritmos biológicos, y salió convencido de que solo habían pasado setenta y nueve.





