Francisco quiso que lo enterraran en la colina donde se ajusticiaba a los condenados, el Collis inferni; tras su muerte la rebautizaron Collis paradisi y levantaron encima dos iglesias superpuestas. La primera piedra se colocó en 1228, al día siguiente de la canonización, y cuando el cuerpo llegó en procesión en 1230 los frailes lo escondieron por miedo a que se lo robaran: nadie volvió a saber dónde estaba hasta las excavaciones de 1818, que lo hallaron en un sarcófago bajo el altar mayor de la iglesia inferior. La basílica se consagró en 1253 y desde 2000 es patrimonio de la UNESCO.
Qué ver
Las dos iglesias son opuestas. La de arriba es alta y clara, una sola nave de cuatro tramos con bóvedas de crucería y vidrieras que suman el conjunto de vidrio medieval más completo de Italia; por los muros corren las 28 escenas de la vida de Francisco, el ciclo que la tradición atribuye a Giotto y que los historiadores del arte discuten desde hace más de un siglo. En el crucero, la Crucifixión de Cimabue se ha invertido sola: el albayalde se oxidó, los claros se volvieron oscuros y hoy el fresco se lee como un negativo fotográfico.
La iglesia inferior es baja, oscura y románica, y los siglos la fueron llenando de capillas. Están la capilla de San Martín pintada por Simone Martini, el crucero izquierdo de Pietro Lorenzetti con su Descendimiento, la capilla de la Magdalena salida del taller de Giotto y la Maestà de Cimabue, con el retrato de Francisco más cercano al real que se conserva. Debajo, la cripta del Ottocento guarda la tumba; al lado quedan el Sacro Convento y el Museo del Tesoro.
La visita
Se entra por dos plazas situadas a distinta altura: la inferior lleva a la iglesia de abajo, la superior al portal gótico de la de arriba, y una escalera interior las comunica. La entrada es gratuita, pero rigen las normas de una iglesia en uso: hombros y rodillas cubiertos, silencio, nada de fotografías. El terremoto del 26 de septiembre de 1997 derribó dos bóvedas de la basílica superior, mató a cuatro personas que inspeccionaban los daños y redujo a fragmentos 130 metros cuadrados de frescos, entre ellos el San Mateo de Cimabue; la restauración duró dos años. Para mirar de verdad calculen dos horas, mejor con audioguía o con la visita guiada de los frailes.
El consejo de la redacción
Nosotros empezamos siempre por la iglesia inferior y subimos después: se pasa de la oscuridad a la luz como hacían los peregrinos, y las escenas de Giotto llegan al final y no al principio. Vayan en cuanto abre, antes que los autocares: a media mañana la nave alta está llena y el murmullo lo tapa todo. Y ante la Crucifixión de Cimabue quédense unos minutos más: el ojo se acostumbra y el negativo se recompone.









