En Monreale el nombre de san Castrense aparece dos veces: en esta iglesia del centro histórico, que forma un único conjunto con el monasterio de la orden de las benedictinas, y dentro de la catedral, donde al santo se le dedica una de las capillas que figuran entre los tesoros del templo, junto a las de San Benedetto y del Santísimo Crucifijo.
El marco es la ciudad que quiso Guillermo II en el siglo XII: según la tradición, fue un sueño de 1171 —la Virgen señalando al rey el escondite de un tesoro— lo que puso en marcha la obra de la catedral, del palacio arzobispal y del claustro. Desde 2015 la catedral forma parte, junto con los monumentos árabe-normandos de Palermo y la catedral de Cefalù, del patrimonio de la Unesco.
Qué ver
Lo que define el lugar es el binomio de iglesia y monasterio femenino. La presencia de las benedictinas prolonga la vocación con la que nació Monreale: en 1176 Guillermo II instaló en la ciudad a cien monjes de la Badia di Cava, guiados por el abad Teobaldo, para que oficiaran en la nueva catedral. En torno a aquella fundación la ciudad siguió levantando iglesias y casas religiosas durante siglos, y el conjunto de San Castrense pertenece a esa larga historia monástica.
La visita
La iglesia está metida en el tejido del centro histórico, a pocos minutos a pie de la catedral; Monreale se alza a unos 310 metros, al pie del Monte Caputo, y queda a unos cuatro kilómetros de Palermo. El conjunto se presta a una parada breve dentro del paseo que desde la catedral se abre a las calles vecinas, donde se suceden las iglesias de la ciudad, levantadas en su mayoría a comienzos del siglo XVIII.
El consejo de la redacción
Completa el retrato del santo: cuando entres en la catedral busca la capilla de San Castrense, citada entre los tesoros del templo, y luego pasa por delante de la iglesia homónima con su monasterio. Poner los dos lugares en fila devuelve el hilo de una devoción local que los mosaicos, por sí solos, no cuentan.
