Cuatro kilómetros por encima de Asís, dentro del bosque del Subasio, está el sitio al que Francisco iba cuando quería callar. Se llama ermita de las Carceri porque carceri eran las grutas en las que los frailes se retiraban solos, aislados del mundo durante días: no un convento, sino un puñado de agujeros en la roca sobre un barranco. Más tarde, en el siglo quince, san Bernardino de Siena hizo construir allí el pequeño edificio que se ve hoy, pegado a la montaña como un nido.
Qué ver
El convento es diminuto: se pasa por puertas bajas a cuartos estrechos, se baja una escalerilla excavada en la piedra y se llega a la gruta de san Francisco, con el lecho de roca donde dormía. No hay nada que ver, en sentido estricto, y ese es justamente el asunto: unos metros cuadrados de piedra desnuda, cuya fuerza está en haber quedado como estaban.
Fuera se sale al bosque, a un puentecillo que salva el torrente seco — la tradición cuenta que Francisco ordenó al agua que dejara de hacer ruido y desde entonces el cauce está vacío — y se llega a la gran encina donde, según el relato, se reunieron los pájaros. De los senderos de alrededor salen paseos hacia las otras grutas y hacia la cima del Subasio, donde acaba el bosque y empiezan los prados abiertos.
La visita
La ermita se alcanza en coche desde la porta Cappuccini, cuatro kilómetros de carretera estrecha y empinada con aparcamiento limitado, o a pie en una hora larga de subida por el bosque; entrada libre con donativo, a cargo de los frailes, abierta todos los días en horario diurno. Una hora, más si se camina por el bosque. Calzado de paseo: dentro hay escalones irregulares y pasos bajos.
El consejo de la redacción
Vaya temprano, antes de los autocares, y una vez arriba no se quede en el convento: tome el sendero que baja al bosque y camine diez minutos, hasta donde ya no se oye a nadie. Es el único modo de entender por qué alguien que había elegido vivir entre la gente subía hasta aquí cada vez que podía.
