Lesina vive de la laguna que lleva su nombre, y vive de ella desde siempre: pescado, y sobre todo anguilas, que aquí se cocinan todavía en la víspera de Navidad. En 788, cuenta el Chronicon Volturnense, Grimoaldo príncipe de Benevento donó la pesquera del lago al abad de Montecassino; el pescado de esta laguna era famoso en Nápoles, donde en Navidad llegaba en dos días en carros tirados por caballos, y era tan abundante que se salaba para exportarlo. Pero el agua siempre ha pasado su factura: terremotos, inundaciones marinas y malaria han diezmado más de una vez a la población. En el siglo séptimo el pueblo se repobló con los ciudadanos de Lucera, destruida por el emperador Constante II, que se refugiaron aquí con su obispo; y llegó otra gente de la orilla opuesta del Adriático, de la isla dálmata de Lesina, que lleva el mismo nombre que este pueblo.
El lago, sin embargo, durante siglos no fue de los de Lesina. Con una escritura del seis de noviembre de 1411 la reina Margarita, viuda de Carlos III, donó la laguna al orfanato de la Casa Santa dell'Annunziata de Nápoles, gestionado por el banco del mismo nombre: durante trescientos años el lago de un pueblo de Apulia perteneció a un orfanato napolitano. El banco quebró en 1717, desecado por las extracciones del rey durante las guerras y por los fraudes de sus propios agentes, y en 1751 la laguna la compró en subasta el marqués Placido Imperiale, que a diferencia de otros barones ejerció sus derechos con dureza. Entremedias había estado el terremoto del treinta de julio de 1627, seguido de un maremoto a lo largo de toda la costa. Un peritaje de 1729 fotografía el pueblo: un obelisco en la entrada con una cruz de piedra blanca, la puerta con la imagen de san Primiano y encima el reloj, la torre del homenaje, una puerta al lago para los pescadores, una taberna, un horno de leña, un molino — y quinientos cuarenta y cinco habitantes, con todo aquel pescado.