Del castillo angevino de Atella queda una torre. El terremoto de 1694 arruinó buena parte del pueblo y se ensañó con el castillo: se vino abajo toda la fortificación, con sus cuatro torres de guardia laterales, y quedó en pie solo el cuerpo que los vecinos de Atella siguen llamando Torre Angioina. El castillo nació con la ciudad, y la ciudad no creció poco a poco: Atella se fundó sobre plano, en damero, entre 1320 y 1330, por voluntad de Juan de Anjou, hijo del rey Carlos II, conde de Gravina y señor de San Fele, Vitalba y Armaterra, que prometió diez años de exención de impuestos a quien se trasladara al nuevo asentamiento. Vinieron muchos, de Rionero, Monticchio, Lagopesole, Balvano, Sant'Andrea; la ciudad tuvo murallas, dos puertas y este castillo.
Qué ver
La torre conservada es la única pieza del castillo que todavía se puede mirar, el resto hay que reconstruirlo con los pocos datos que quedaron. Alrededor corría un foso profundo, y las torres eran de guardia: una máquina militar de verdad, no la residencia de campo de un señor feudal. Bajo los angevinos, Atella era una de las ciudades más ricas de Basilicata y exportaba cereales, quesos y embutidos a los centros mayores del Mediodía; el castillo defendía esa riqueza.
Hizo falta a menudo. Aguantó dos asedios largos y sangrientos, en 1361 y en 1496, y el segundo acabó con el saqueo de la ciudad por el ejército francés de Gilberto de Montpensier. Seis años después, en 1502, el general aragonés Gonzalo Fernández de Córdoba tomó Atella tras unos treinta días de asedio. En 1423 la ciudad había pasado como feudo a Giovanni Caracciolo, y después cambió de dueño sin parar: Filiberto de Chalon en 1530, Antonio de Leyva en 1532, luego los Capua, los Gesualdo, los Filomarino.
La visita
La torre se mira desde abajo, dentro de la retícula de calles que el trazado del siglo XIV dejó intacta: después de la torre, ese damero es lo más angevino que queda en Atella. De las dos puertas de la ciudad sobrevive una sola, la de San Michele; merece la pena buscarla, porque es la otra pieza que queda de las defensas.
El consejo de la redacción
Mirad el escudo del municipio, en los documentos y en el gonfalón azul y amarillo: una leona de oro sostiene levantada en la garra derecha una bala de cañón. No es un adorno, es la memoria del asedio de 1502, el que el castillo no logró rechazar.
