🌋 Naturaleza y vistas

riserva regionale Abetina di Laurenzana

📍 Laurenzana, Basilicata · 29/100

Los abetos blancos que crecen sobre Laurenzana no son los de los Alpes: las acículas terminan más redondeadas y el verde es más claro, hasta el punto de que los botánicos los consideran una variedad local de Abies alba. Más raro aún es que estén ahí. A esta altitud el paisaje vegetal debería ser de hayedos y robledales de roble turco, y en cambio un retazo de abetal resiste como bosque extrazonal, fuera del área que cabría esperar. Son 330 hectáreas, reserva regional desde 1988, gestionadas por la provincia de Potenza junto al WWF y al ayuntamiento de Laurenzana.

Qué ver

El abetal no es puro. La asociación vegetal está clasificada como Aquifolium-Fagetum: los abetos conviven con el acebo, con el roble turco y con las demás especies del bosque mesófilo, y es esa mezcla la que hace que las fitocenosis sean mucho más variadas que en los abetales del norte de Italia. La Società Botanica Italiana calificó el lugar como biotopo de extraordinario interés ambiental, y de ese juicio nació la protección.

La fauna se oye más de lo que se ve. Entre los depredadores la reserva acoge al lobo apenínico, al gato montés y a la garduña; entre las aves, al pito negro, al milano real y al milano negro, al busardo ratonero y a tres cazadores nocturnos: el mochuelo, el cárabo y el búho chico.

La visita

Se sale del pueblo, a 850 m, y se sube al bosque por el sendero que atraviesa la abetina; 330 hectáreas son una superficie que se recorre a pie. Lo primero que hay que mirar no es un panorama, sino un árbol: bajad una rama y comparad las acículas con el abeto de montaña que lleváis en la cabeza. Para el acceso y las visitas guiadas el referente es la provincia de Potenza, que gestiona el espacio con el WWF.

El consejo de la redacción

Buscad el borde. El punto en el que los abetos se aclaran y toman el relevo las hayas y los robles se ve a simple vista, y en pocos metros tenéis delante toda la razón por la que se protegió este bosque. Quedaos ahí unos minutos en silencio: al pito negro se le oye mucho antes de verlo.

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