San Giorgio existía mucho antes que los albaneses. En septiembre de 1104 el conde Rogelio donaba al monasterio de Santa Maria del Patìr, junto con otras aldeas, la de Santo Jorio «con sus pertenencias, hombres, trabajadores y no trabajadores, montañas, pastos, viñedos, huertos, molinos, derechos y jurisdicciones»: los habitantes estaban en la lista como las viñas y los molinos. Luego llegó la peste de 1348, y detrás de ella carestías, epidemias y guerras dinásticas: la población se desplomó, decenas de pueblos fueron abandonados y sus tierras sin cultivar se convirtieron en pastos y cotos de caza. San Giorgio quedó vacío más de ciento cincuenta años. Hacia 1469 o 1470, con el asentimiento del archimandrita del Patirion y el visto bueno del príncipe de Bisignano, llegaron aquí familias albanesas que huían de la invasión otomana. Desbrozaron con fuego, roturaron y volvieron a poner en cultivo aquellas tierras, y por ello tuvieron algunos años de exención fiscal; luego empezaron a pagarlo todo: el diezmo del producto al monasterio, los censos al conde de Corigliano y, a la corona, cinco carlines al año por familia — es decir, medio ducado, la mitad de lo que pagaban los demás.
Las aldeas albanesas estaban controladas más que las otras, porque estaban hechas de chozas y no de casas de mampostería: el fisco las consideraba inestables, gente capaz de desaparecer de un año para otro. Así, en la primavera de 1543, los contadores reales subieron hasta aquí y contaron sesenta y cuatro fuegos, es decir, hogares, con un total de doscientos treinta y ocho habitantes. Anotaron también los apellidos, y esa lista es lo más precioso que el pueblo posee: Bardi, Bellizza, Buscia, Camideca, Campiscia, Cerriconi, Chinigò, Corchilan, Cucchia, Drames, Masci, Masi, Pangrati, Posito, Scandera, Scura, Stamati. De uno de aquellos nombres, Buscia — es decir, Buza —, viene el nombre albanés del pueblo, Mbuzat, «(el pueblo) de los Buza», que debía de ser la familia principal; y el paso de Buza a Buscia es el mismo que lleva de Mazi a Masci, porque los funcionarios reales escribían en lengua vulgar calabresa y del albanés no sabían nada. El pueblo, entretanto, ha conservado su lengua: aquí se habla todavía arbëresh, se sigue el rito bizantino y se pertenece a la eparquía de Lungro.